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lunes, 10 de diciembre de 2018

A Short Love Story



El hombre se encuentra sentado en el borde de la cama. Sus ojos permanecen clavados en la nada, fijos en los recuerdos de toda una vida.

Frente a él hay un espejo de cuerpo completo. Se pone de pie trabajosamente y se mira en él. Ya no es el hombre fuerte y vital que algún día fue. Ahora, desde el otro lado del espejo, un hombre vestido con un traje negro, con la camisa aún desfajada, algo encorvado, de piel apergaminada, cabellos blancos y ojos tristes es quien le devuelve la mirada.

Levanta las manos y mira con expresión ausente la corbata que sostiene entre ellas. Se da cuenta, por primera vez en su vida, que no sabe anudarla a su cuello. Durante los cincuenta años que duró su vida laboral, él jamás se la puso. Todas las mañanas, desde que había entrado a su primer trabajo, había sido ella quien pasaba las manos por encima de su cuello, y le hacía el nudo a la corbata justo antes de que él saliera de casa.

Vuelve a sentarse, al tiempo que una marea de recuerdos comienza a desfilar por su mente, como una bola de nieve a punto de convertirse en avalancha. Recuerda la noche en que la conoció, o mejor dicho, la primera vez que reparó en ella.

Fue en la feria del pueblo. Aunque habían pasado ya tantos años, el recuerdo seguía fresco en su memoria como si apenas hace unas semanas hubiera sido aquel verano.

Él había regresado de la ciudad tras finalizar su primer año de universidad. Se encontraba con su hermana pequeña, Sara, quien en ese momento estaba en el segundo año de preparatoria. Estaban en el puesto de algún juego de puntería, y los dos se divertían, aún a sabiendas de que esos juegos eran mayormente una estafa. Entonces, fue cuando la vio. La chica más hermosa sobre la cual se hubieran posado sus ojos. Aunque no pasó cerca de él, sí se encontraba a una distancia desde la cual era posible distinguir su belleza. No supo lo hipnotizado que había quedado, hasta que esa chica giró una esquina y se perdió en los pasillos de los puestos de la feria, y su hermana se burló de él.

-Oye, ya puedes dejar de babear como tonto y cerrar la boca -le dijo con una sonrisa en los labios.

-¿Quién es ella? -preguntó él, aún con la imagen de esos ojos, esa melena castaña y esa sonrisa digna del retrato de una diosa, aún fresca en su memoria.

-Tú ya la conoces -respondió secamente su hermana.

-Yo creo que recordaría haberla conocido -dijo él muy pagado de sí mismo.

-Ella estudia conmigo, incluso llegó a ir a la casa alguna vez, cuando tú aún vivías con nosotros.

-No te creo -respondió, incrédulo -me habría dado cuenta.

-No, no te habrías dado cuenta, tonto. Ella estaba enamorada de ti, pero como en ese entonces era una chica flacucha que apenas salía de la secundaria, y no era una de las rubias y tontas porristas que te solían coquetear cuando eras el mariscal de campo estrella, nunca te fijaste en ella.

Él salió entonces en busca de esa chica, completamente avergonzado y queriendo enmendar su error y poder disculparse por haber sido un idiota en la preparatoria. Cuando la encontró, tras pocos segundos de intentar hacerle plática, ella, como era lógico, lo rechazó sin miramientos, de una manera tajante y brusca por decirlo de una manera delicada.

El chico pasó el resto del verano intentando por cualquier medio conseguir platicar con esa chica, invitarla a salir y poder disculparse. Aunque sólo había hablado unos segundos con aquella chica en la feria, había quedado prendado de ella. Y no sólo por su belleza, sino por un factor intangible que no había sabido describir ni a sus mejores amigos de la infancia. Había algo en ella, en su actitud, en su forma de hablar, en su mirada, que simplemente lo había cautivado.

Finalmente ella accedió. Obviamente no dejó pasar la oportunidad de recriminarle el hecho de nunca haberse fijado en ella hasta ahora, pero tras una larga noche charlando bajo las estrellas, él tuvo oportunidad de disculparse y de mostrarse tal como era ante ella. Y al final de esa cita, cuando la acompañó hasta su casa, mientras el sol ascendía en un horizonte crepuscular y violáceo, en las escaleras de entrada de la casa de ella, sellaron con un beso el amor que duraría toda una vida.




El hombre regresa al presente, a la fría realidad sin ella. Sus hijos lo esperan abajo, todos vestidos de negro para ese día. Los tres ya son hombres adultos, hechos y derechos, con familia propia. El mayor de sus hijos toca a su puerta. Es momento de partir, en la iglesia los esperan en media hora. Es momento de ir a despedirse de ella, a darle el último adiós. El adiós más doloroso de toda su vida.

Vuelve a mirar la corbata, sin poder evitar que un brillo cristalino embargue sus ojos, sin sentir un nudo en el estómago a punto estallar en su garganta, donde las palabras se le atoran, antes de avisar, con voz entrecortada, que estará listo en cinco minutos

Con la vista clavada en sus nudosas manos, y la mente viajando nuevamente al pasado, a un tiempo en el que fue feliz, en donde el futuro no existía, piensa en ella, su compañera de vida, la madre de sus hijos, el amor de su vida. Piensa en todos los años que compartieron juntos y no puede evitar que una solitaria y triste lágrima se deslice por su mejilla.


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Esta historia continúa en: 

A Short Love Story (2)


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