domingo, 30 de octubre de 2016

Valle de las Sombras (Callahan)


Aunque camine por el valle de las sombras de muerte, no temeré mal alguno;
Tiempos oscuros se avecinan. Lo sé. Lo he visto.
Ella está cerca. El tiempo de su ascensión se aproxima. La inexorabilidad de su ascenso al poder es absoluta.
Ella es la única, la que siempre ha sido, la que fue y la que será. La hija de la bestia. Nacida de la unión de un ángel caído y una deidad: una humana con una belleza tan embriagante como mortífera. Pero no desciende de cualquier ángel; ella es hija del ángel más poderoso, el más iluminado, el más peligroso...

sábado, 29 de octubre de 2016

Rorschach: Diario de Walter Kovacs (3)

Ayer la volví a ver. La chica más hermosa. Andrea Hazel.

Como siempre, estaba con el mariscal de campo y los dos gorilas (creo juegan en la defensiva) que lo acompañan a todos lados, y otras dos porristas.

Cuando la veo, simplemente quedo hipnotizado. Pasé frente a ellos, del otro lado de la acera. Intentando pasar desapercibido. Algo que me resulta sencillo la mayoría del tiempo. Pero no cuando Andrea se encuentra cerca. Cualquiera nota lo mucho que me gusta a kilómetros de distancia.

Y ayer, quienes lo notaron fueron sus amigos. Bravucones. Siempre atacan en manadas.

Los tres bravucones cruzaron la calle hacía mi. Me detuve, los esperé.

5 años en el reformatorio me habían endurecido, era difícil que algo me asustara. O al menos no me asustaba ninguna amenaza de dolor físico.



"¿Qué diablos le mirabas a mi chica eh?" "Maldito fenómeno cabeza de zanahoria" "¿Acaso piensas volverla a invitar a salir, maldito fenómeno de circo?" "Dinos ¿Qué se siente haber dejado la escuela a los 11 años, eh?". Esas fueron algunas de las frases que alcancé a registrar en mi memoria antes de que la sangre me subiera a los ojos y quemara mi garganta.

Otra vez la ira en el cuello, en la manos convertidas en puños. Así que Andrea Hazel les había contado todo. Mi patético intento por invitarla a salir es ahora público. No importa. Nada importa.
Guardé silencio, esperando que terminaran por aburrirse, mirando de reojo el cabello rubio cenizo de ella al otro lado de la calle. Pero las cosas nunca son así de fáciles.

Los 3 son más grandes que yo y por lo menos con 15 kilos más de músculos que yo. Pero hay una diferencia sustancial entre ellos y yo. Carecen de algo que yo poseo. El bloqueo mental, la desconexión de mente y cuerpo.

Además ninguno de ellos pasó 5 años en el reformatorio. Ninguno de ellos tiene un sobresaliente en boxeo aficionado. Puede que sean grandes, pero yo soy rápido y puedo golpear duro y veloz.

Realmente no recuerdo quién lanzó el primer golpe. Probablemente fui yo en respuesta de un empujón o alguna táctica común de los acosadores.

Lo único que recuerdo es que de pronto estaba envuelto en una maraña de puños y golpes dirigidos a mí, que lograba esquivar con la misma soltura con que un mono brincaría de árbol en árbol en la jungla.Recibí un puñetazo en la mejilla de uno de los gorilas. Un cabezaso directo en su esternón lo mando directo al suelo, pesado como era, tal como si se tratara de un costal de patatas. Comencé a golpear el rostro del mariscal de campo en un arrebato de frenesí casi orgásmico. No me puse a pensar dónde diablos estaba el otro gorila hasta que un cubo de basura metálico cayó implacable sobre mi espalda. El mariscal gritaba (¿lloraba?) mientras la sangre le cubría el rostro. Parecía disfrazado para alguna fiesta de Halloween.

Caí al suelo. Intenté levantarme pero una bota se encajó con saña en mi costado. La patada me derribó de nuevo, El otro gorila se había vuelto a levantar y ahora entre los dos me pateaban con odio.

Basta.

Agarré una de las piernas, me aferré a ella y traje al bravucón al suelo (me percaté que era el que me había olpeado con e cubo de basura), me subí a horcajadas sobre él, aprovechando la confusión del momento y dejé caer mi cabeza sobre su cara. Sentí el crujido de su nariz resquebrajándose contra mi frente.

Después la gente llegó, alguien me abrazó por la espalda y me separaron de él, detuvieron la pelea.
Como dije antes, temo que mi ira recaiga sobre alguien que no lo merece, alguien como Andrea Hazel...


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domingo, 16 de octubre de 2016

Rorschach: Diario de Walter Kovacs (2)

Septiembre 9 1956:

Desde que tengo memoria siempre me he enfrentado a los bravucones con quienes he cruzado camino.

Las marcas rosadas en que se han convertido las cicatrices de mi infancia son muestra de ello.
Pero no es uno de ellos a quien he de matar. No.

Ellos no son más que simples corderitos pretendiendo ser lobos. Alentados por el hecho de ser más grandes o más fuertes que los otros niños, se sienten envalentonados para molestar a los demás. En mi experiencia puedo decir sin temor a equivocarme que jamás trabajan solos. No.

Los bravucones no son solitarios. No son lobos solitarios. Son populares. Agradan a las chicas, a ellas les fascina su seguridad y su porte, el alarde que hacen de poder, aunque sea el poder dentro del patio de la escuela.


Cinco años atrás. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Sin embargo cuando pienso en ello, no recuerdo el momento exacto en que pasó todo. Es como tener una experiencia extracorpórea, lo ves todo, eres testigo de todo, pero es como si lo presenciaras desde arriba. Tu conciencia fuera de tu cuerpo; ajena a la violencia y a los puños desquiciados.

Ellos eran dos. Eran mayores que nosotros. Nosotros íbamos en primer año, ellos en último, y estaban recursando. Ante nuestros ojos de niños, ellos eran gigantescos, unos verdaderos gorilas.

Pero no se metían conmigo. Alguna vez leí que todos los adolescentes tienen el perfil psicológico de un psicópata. Y  como dicen, se necesita de un psicópata para identificar a otro. Supongo que por eso me dejaban en paz, porque era uno de ellos. Aunque mi condición no sea temporal como la de ellos y no se desvanezca con la llegada de la edad adulta.

Pero aún a esa temprana edad, mi aversión por los bravucones ya era marcada.

Ese día, sin embargo, se metieron con la persona equivocada; Lucy, la única niña que había sido amable conmigo. La única persona en la escuela que no se había burlado de mi cabello rojo como zanahoria.

La ira ascendió a mi cabeza como lava de un volcán (una metáfora más que apropiada acorde al color de mi cabello) y entonces vino el bloqueo.

No sé como explicarlo. Es como si una parte de mi cerebro racional simplemente se desenchufara, se desconectara y se fuera a pasear un rato. La parte lógica del cerebro que nos frena de cometer actos repulsivos.

Ellos eran más grandes que yo, eran dos. Y aún así mis puños se abatieron con macabra violencia sobre ellos.

Yo también recibí mi buena dosis de puñetazos (si hemos de hablar con total sinceridad); pero la peor parte se la llevaron ellos, eso sin lugar a dudas.

Después vino el reformatorio...

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Rorschach Diario de Walter Kovacs (3) 


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sábado, 15 de octubre de 2016

Rorschach: Diario de Walter Kovacs (1)

Septiembre 3 1956:

Siempre he sabido que eventualmente terminaré matando a alguien.

Las luces de neón inundan la calle con su brillo repulsivo, afuera la lluvia cae a raudales, mezclándose con toda la inmundicia de las calles de la ciudad. Pero al menos aquí dentro, aunque sea incómodo y apretado, se está caliente y seco.

Los adultos se la pasan hablando sobre la guerra y lo mucho que los cambió; o peor, de cómo transformó a sus conocidos. Hablan de las personas -amigos, familiares, novios o esposos- que marcharon cómo héroes y jamás regresaron. Hablan de la guerra en tiempo pasado, sin darse cuenta que hay también otra guerra librándose bajo nuestros pies, en nuestra propia ciudad. Aunque es una guerra que al igual que las ratas, se esconde en los recovecos de la noche y es imperceptible durante el día. Una guerra que la mayoría de personas se niegan no sólo a librar, sino a aceptar el simple hecho de su existencia.

Mi madre (esa perra) alguna vez me dijo que por eso yo no tenía un padre, que valerosamente se había enlistado en el ejército y se había marchado como héroe. Quise creerle, pero me resultó imposible hacerlo, aunque era sólo un crío, ya sabía que mamá se encontraba en uno de sus días buenos; los días en que la marihuana o la droga en turno le pegaba realmente bien y estaba de buenas la mañana entera, y si yo tenía suerte, también el resto de la tarde. Esos días hablaba conmigo y trataba de contarme historias que me hicieran sentir mejor. Nunca funcionaba.

Oh, pero también tenía días malos. Y la mayoría de días lo eran. Días en que la oscuridad se abatía sobre nuestra casa (si así puede llamársele a esa pocilga), en que mi único y anhelante deseo de niño era dejar de existir, volverme invisible y así poder pasar desapercibido para ella. Odiaba a sus amantes (chulos) que desfilaban por la casa, esa panda de ebrios y drogadictos siempre con barba incipiente, con pulseras, cadenas y anillos extravagantes, me hacían desear ser más grande para poder asfixiarlos con mis propias manos. A ellos y a mi madre de paso.

Pero temo que la persona que haga desatar la furia incesante que vive en mi cabeza sea alguien inocente. Alguien como Andrea Hazel.

Alguien que no merece morir.

Mierda, todo lo que quería era invitarla a salir. ¿Era realmente necesario que me mirara de esa forma?
¿Qué respondiera con ese desdén y burla mezclados en su mirada...?

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Rorschach Diario de Walter Kovacs (2) 

lunes, 3 de octubre de 2016

Snuff Volumen 3

        El detective Méndez junto con el equipo de técnicos miran con impotencia el macabro espectáculo que se desarrolla ante sus ojos.

        El hombre del anorak verde y pasamontañas en el rostro les había mostrado una última nota en la cámara empotrada en la esquina de aquella tétrica habitación. La nota rezaba: "Disfruten el espectáculo". La sonrisa en sus ojos era siniestra. Acto seguido soltó la hoja de papel, la cual planeó hasta perderse de vista por debajo de la cámara, y se limitó a dar media vuelta y a salir de la habitación. Dejó la puerta abierta tras él.

       Después transcurrieron treinta segundos, o quizá fue menos, aunque la agónica espera los hizo parecer como si hubieran sido treinta minutos. Después de ese tiempo, volvió a haber movimiento en el borde de la pantalla.

       Por la puerta entró una figura humanoide, una silueta alta y desgarbada, con una postura antinatural que recordaba a alguno de esos jorobados deformes de las historias para niños. Parecía un hombre, aunque Méndez no sabría decirlo, sus rasgos, los que se alcanzaban a notar a través de la imagen de mala calidad parecían más bien los de un mono; mejillas y mentón prominentes, ojos hundidos y  una frente ancha y con entradas de la cual brotaba una mata rala de cabello café que se confundía con el pelo de la espalda. Méndez pensó que esa criatura, esa cosa que medía probablemente un metro noventa, no era ni humano ni mono, era algo diferente, algo, algo... la palabra adecuada acudió a su mente de manera inesperada pero con certeza absoluta: esa cosa era la representación definitiva del eslabón perdido.

      Del cuello le colgaba algo, una especie de ¿correa? y sujeta a la correa había una vara larga. La criatura avanzó y el detective se fijó por primera vez que eso iba desnudo. Tenía un cuerpo lleno de vello, como el de los monos, pero también se alcanzaban a vislumbrar una serie de magulladuras y cicatrices que poblaban su piel, como los latigazos en el torso de un esclavo. Cuando se colocó al pie de la cama, en el centro de la habitación, Méndez observó que en el otro extremo de la vara se encontraba el hombre del anorak, sujetándola con fuerza. Ahora lo entendía, se trataba de una vara de control, de esas que usan los de las perreras para atrapar a los perros rabiosos que andan por ahí sueltos, desde una distancia segura.

       La criatura miraba a la chica de la cama con ojos inyectados en sangre, con los ojos hambrientos de un náufrago que ha pasado un mes en altamar y finalmente encuentra un trozo de buena carne cocida sobre la cual hincar un diente, enloquecido repentinamente por las feromónas rociadas sobre el cuerpo de la mujer.  El hombre quitó el seguro a la vara y la cosa quedó libre. Tardó un segundo en reaccionar, en percatarse de la libertad que le acababa de ser otorgada. Cuando lo hizo, el infierno se desató en aquella habitación.

       La chica comenzó a retorcerse con desesperación, con el cabello negro agitándose violentamente por debajo de la máscara, sobre los hombros; las cuerdas que la mantenían atada a la cama se tensaban sobre la piel enrojecida de tobillos y muñecas y la sangre comenzaba a brotar en finas y delgadas líneas. Por la forma en que la piel del cuello se tensaba, debajo de la máscara de mono, dejando ver una yugular hinchada al máximo de su capacidad, Méndez intuyó la clase de chillidos que deberían estar brotando de su garganta.

       La criatura se arrojó larga como era sobre la cama, sobre la adolescente recién convertida en mujer y la tortura dio inicio. Diez agónicos minutos en los que Méndez y su equipo tuvieron que mirar con ojos como platos el tétrico espectáculo que el psicópata les ofrecía.