viernes, 31 de mayo de 2019

Aliento de Dragón: La Guardia Draconiana (3)



El maestro de armas dio la orden para que todos dejaran sus armas en el suelo, y presenciaran el duelo cuerpo a cuerpo que estaba a punto de acontecer. Los únicos que mantuvieron sus armas fueron Tristán y el sujeto barbudo que parecía un gigante.

Ilan Thorpe contuvo la respiración. Observó los pesados escudos de madera redondos de práctica, así como las espadas de filo romo* que tanto su amigo como el hombre de barba llevaban. Aunque en armamento estaban en igualdad de condiciones, y Tristán era un buen peleador, la diferencia física entre ambos combatientes era abismal.



Una sensación general de expectación se podía respirar en el ambiente, casi era como si todos los soldados del patio hubieran contenido la respiración al unísono, y absolutamente nadie parpadeara. Entonces esta sensación fue rota por la voz del viejo maestro de armas.

-Pónganse en guardia los dos -el atisbo de una sonrisa apareció en sus labios -.¡Y todos ustedes, acérquense para que vean bien lo que está a punto de pasar! -gritó dirigiéndose al resto de soldados.

Tristán tomó con fuerza la correa del escudo, separó ambos pies, dejando el izquierdo adelante para un mejor apoyo y elevó el brazo con el cual sostenía la espada. Su rostro era la encarnación de la concentración. El otro hombre se limitó a separar sólo un poco los pies, pero mantuvo, tanto el escudo circular de madera así como la espada, a los costados, con los brazos relajados, como si todo esto no fuera más que un juego de niños.

Alrededor de los dos hombres ya se había formado un corro* compuesto por los soldados que los observaban sádicamente, como si esperaran con ansias macabras para ver lo que estaba a punto de acaecer*. Ilan observó cómo un pequeño niño corrió a contar la noticia al interior del castillo, ya que al cabo de unos instantes, algunos miembros de la servidumbre y de la nobleza que se encontraban dentro del castillo comenzaron a asomarse a los balcones y a las ventanas para presenciar también la pelea.

-Es hora de que usted aprenda algo sobre la justicia-dijo el maestro de armas, dirigiéndose a Tristán, después habló al resto de soldados -¡Espero que la lección de hoy les enseñe que nunca, ni por un segundo deben distraerse. En una batalla, la mínima distracción puede significar la muerte!

A Ilan Thorpe no le dio buena espina ver la sonrisa maliciosa brillando en los ojos del maestro.

-Comienzen a pelear -sentenció.

Tristán comenzó a caminar en círculos, como si intentara rodear a su oponente. Éste por su parte se limitó a girar sobre sus pies, siguiendo con unos ojos socarrones la trayectoria de Tristán. Tenía la mirada cruel y tonta del niño gordo que gusta de aplastar insectos.

De pronto el hombre de barba dio un paso hacia Tristán. Elevó la espada en lo alto y asestó un fuerte golpe dirigido a la cabeza del muchacho. Tristán fue veloz y levantó el escudo justo al tiempo de parar el golpe, pero la fuerza del impacto fue tal que hizo caer su rodilla derecha al suelo. Rápidamente se incorporó y retrocedió un paso. El hombre seguía sonriendo.

Tristán siguió danzando alrededor del hombre, intentando acercarse lo suficiente para asestar un buen golpe. Finalmente tomó valor y lanzó una estocada. El gigante la rechazó fácilmente con el escudo, mientras se hacía a un lado, y Tristán perdió el equilibrio. El puño del gigante golpeó la espalda de Tristán justo en medio de los omóplatos y éste cayó de bruces en el suelo. Rápidamente giró y se volvió a poner en pie.

-Deja ya de jugar y termina con esto -reprendió el maestro al hombre de barba.

El gigante asintió, y entonces la sonrisa más burlona se dibujó a lo largo de todo su rostro, desde los labios, hasta los ojos. Comenzó a caminar con paso decidido hacia Tristán, quien empezó a retroceder hasta chocar con el muro humano formado por los demás soldados que reían y gritaban, animándolo entre burlas a derrotar a su oponente. Después lo empujaron de vuelta al centro del círculo.

El hombre tiró su escudo al suelo, alzó la espada y golpeó el escudo de Tristán. Astillas volaron en todas direcciones, pero el escudo aún no se había roto. Entonces volvió a golpear, una y otra vez, tenía totalmente sometido a Tristán, quien no podía contraatacar y se limitaba a mantener el escudo en alto, parando los eufóricos golpes.

Entonces el escudo finalmente cedió, se partió en dos y la espada golpeó tan fuerte el antebrazo de Tristán que se pudo escuchar cómo el hueso se quebraba. El hombre volvió a alzar la espada sin filo. Tristán levantó también la suya para parar el golpe, y aunque lo consiguió, la fuerza del hombre era demasiada, y su espada salió volando por los aires. El hombre sonrió de oreja a oreja, mostrando una dentadura amarilla y a la cual le faltaban por lo menos tres dientes. Tiró su espada también al suelo, y sin arma alguna avanzó un paso hacia Tristán, quedando con el pecho a escasos centímetros de la cara del muchacho.

El sujeto gigante levantó el puño derecho y golpeó sin piedad la sien de Tristán. El chico cayó al suelo, completamente aturdido. Alrededor de ellos, los gritos de los soldados y los abucheos eran cada vez más sonoros. Se puso de rodillas a un costado de Tristán, y acto seguido se subió a horcajadas sobre el pecho del muchacho. Descargó un puñetazo contra la cara de Tristán y la sangre salpicó el rostro del hombre. Tristán parecía a punto de desmayarse y en el pantalón del hombre comenzó a dibujarse la silueta de una erección. Entonces descargó su puño contra la cara de Tristán una vez más, y luego otra, y otra, así hasta que Tristán estuvo a punto de perder el conocimiento.

-¡Basta! -ordenó el maestro de armas. El barullo general cesó, y el hombre paró en su faena, dejando caer al suelo la cabeza de Tristán -. Creo que nuestro amigo aprendió la lección sobre lo que es justo y lo que la más mínima distracción puede causar.

Ahora ya nadie reía, todos contemplaban en silencio a Tristán, de manera solemne ahora que se daban cuenta de la brutalidad de lo que acababa de pasar. Ahora esto no parecía un entrenamiento, sino más bien algún tipo de retorcida ejecución. Tristán nunca había tenido oportunidad alguna. El hombre de barba se puso en pie, con la erección todavía golpeando contra su pantalón.

Ilan sintió ganas de vomitar mezclándose con el deseo ardiente de dar una paliza a ese maldito sádico maestro de armas. Pero se contuvo, sabía que con tantos soldados, ni siquiera podría acercarse lo suficiente al maestro de armas como para propinarle un puñetazo.

-Ustedes dos -les dijo a dos soldados que no parecían tan conmocionados como el resto -, llévenlo a la enfermería y vuelvan rápido para seguir entrenando.

Los dos soldados corrieron a levantar a Tristán y llevándolo cada quien por un hombro, comenzaron a caminar hacia la entrada lateral del castillo, cerca de donde se encontraba la enfermería. Tristán estaba inconciente, así que por ahora no tenía sentido ir a visitarlo, así que Ilan dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la entrada del castillo.

Era hora de hacer aquello que lo había traído al castillo.

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Siguiente capítulo:

Capítulos anteriores:

La Guardia Draconiana (2)

La Guardia Draconiana

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Glosario:

Romo[objeto] Que no tiene punta ni filo.


Corro: Círculo formado por un grupo de personas, especialmente para hablar o rodear algo o a alguien.

Acaecer: Suceder.

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