lunes, 30 de diciembre de 2019

Ciudad Violenta: El Perfecto Caballero

3

Cuando Nadine Velázquez entró al apartamento de Milo (cuyo nombre se pronunciaba en inglés) no pudo evitar dejar escapar un suspiro de asombro. Era más grande que la mayoría de casas que ella conocía; un techo tan alto que podría haber habido dos departamentos ahí, uno encima de otro, y su tamaño era de todo el ancho del edificio. En los pisos inferiores, Milo le había explicado que cabían cuatro departamentos por piso, así que el suyo tenía la extensión de cuatro enormes departamentos.

Se habían conocido esa mañana, en el metro, después de que Nadine utilizara sus encantos de hembra dominante para hacer que él se acercara a ella. El hombre que hasta ese día había sido un completo extraño con el cual se encontraba en el metro de camino al trabajo, se había acercado hasta ella, y tras hacerle conversación, la había invitado a salir.

–Pero tengo que ir a trabajar –se había excusado ella.

–Claro que sí –respondió él con una tímida sonrisa –yo también, no te estoy diciendo que salgamos en este instante, pero por la tarde, podríamos ir a algún lindo restaurante después del trabajo.

Ella lo miró con expresión pensativa.


–Ya sabes, para sacar el estrés de un maldito día en la oficina –siguió intentando él.

–Es lunes –lo rebatió ella.

–Qué más da el día que sea, eso no debería limitarnos –le lanzó la mirada de ojos grandes del gatito astuto que espera convencer a su dueña para que le dé un poco de esa deliciosa comida de humanos.

            Ella a su vez le regaló una mirada juguetona. La estación donde tenía que bajar se acercaba peligrosamente. Además de las power ballads que escuchaba en la regadera, a Nadine también le fascinaban las películas ochenteras, aquellas como Sixteen Candles, donde las chicas tomaban por primera vez un rol activo en el cine y dejaban de ser las clásicas damiselas en apuros, para convertirse en mujeres fuertes, capaces de tomar las riendas de su situación romántica y ser ellas las que llevaran la batuta en una relación. Así que imaginó qué haría Molly Ringwald en esa situación y actuó en consecuencia.

            – Vamos a hacer lo siguiente –propuso ella. Él le arrojó una mirada interrogativa, totalmente intrigado –. Dame tu número celular y yo te marco en la tarde, para decirte qué decido.

            Una sonrisa amarga cruzó el rostro de Milo. Probablemente era el tipo de chico tímido a quién las  chicas (sobre todo durante la adolescencia) han bateado de mil y una maneras diferentes. Nadine supuso que esa había sido una de ellas.

            –Oye, tranquilo, sí te voy a llamar –aseguró Nadine –, yo no soy como el resto de chicas.

            Ahora Milo la miró con una expresión de real intriga, preguntándose qué tan honesta era la mujer que tenía enfrente.

            Nadine sacó el celular del bolso con un ágil movimiento. El celular era delgado como una oblea y transparente, como si fuera de cristal, aunque no era de última generación, a Nadine todavía le gustaba. Pulsó el centro de la pantalla y cuando el lector de huella digital escaneó la suya, el aparato cobró vida y se llenó de color. Alargó hacia Milo el celular.

            –Escribe tu número –lo apresuró ella.

            Y así lo hizo. Y el resto, como suele decirse, es historia.
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            Ella le habló por teléfono en la tarde, después de la hora de la comida, tal como prometió. Se pusieron de acuerdo en verse en una plaza que les quedaba cerca a ambos. Él se ofreció a ir por ella en un taxi, pero ella lo rechazó, alegando que perderían demasiado tiempo así, y que era mejor encontrarse en un punto intermedio.

            Se encontraron en una plaza gigante, con una bóveda inmensa bajo la que estaban los seis pisos llenos de tiendas de ropa, locales de comida rápida, cines, restaurantes y quioscos.

            Milo había elegido esa plaza porque además de quedarle cerca a ambos, él decía que ahí había un restaurante francés que le encantaba. Nadine se preguntó si no sería demasiado para el presupuesto de Milo, pero si él lo había sugerido, entonces no había de qué preocuparse.

            En el restaurante, Milo se comportó con desenvoltura, lucía fresco, como si acabara de despertar, pidió la cena por ambos (como hace el protagonista multimillonario en las películas), y fue todo un caballero. Charlaron de temas triviales y se relajaron en la compañía mutua. Tanto así, que ni siquiera tuvieron que hablar de temas laborales para hacer plática, podían hablar de lo que fuera y no hubo un solo silencio incómodo entre ellos durante toda la cena, de forma que al terminar de cenar, Nadine aún no sabía a qué se dedicaba Milo y viceversa. La botella de vino se terminó poco después de la cena y esa fue la señal para saber que era hora de irse a casa, al fin y al cabo apenas era lunes.

            Estaban esperando el taxi que llevaría a Nadine a casa, y Milo seguía comportándose como un caballero. Tanto que Nadine comenzaba a exasperarse. Al parecer no intentaría besarla ni nada por el estilo, de hecho, había mantenido el contacto físico reducido al mínimo durante la velada, ella era la que había tenido que iniciar casi todos los roces de piel. En fin, era un caballero en toda la extensión de la palabra. De esos que no te besan en la primera cita, ya sea por timidez o porque son tan de la vieja escuela que no lo creen correcto.

            Pero Nadine no era en absoluto de la vieja escuela. Ella era como la chica de Ciencia Loca, una mujer independiente que creaba sus propias reglas y no se deja dominar por nadie, una chica por la que todos morían, pero prácticamente inalcanzable. Así que al menos por esa noche, ella pondría las reglas.

            Ahí parados, en medio de la calle y bajo el frío otoñal, Nadine se acercó a Milo, rodeó con sus brazos el cuello de él, lo atrajo hacía sí y al tiempo que se paraba en la punta de los pies, estampó un sonoro beso en los labios desconcertados del hombre. Pero un segundo después, los labios de Milo tomaron el timón y le devolvieron un beso que le supo a gloria y que habría podido extenderse hasta el infinito. Eso claro, si no hubiera llegado el inoportuno taxi rompiendo la magia con el bocinazo que dio.

            –Vamos a tu casa –había dicho ella en un arranque pasional.

            No tenía ni idea de qué se había apoderado de ella, sólo sabía que esa noche se sentía como una mujer fuerte, una mujer independiente, una mujer que toma las decisiones.

            –¿E.. Es… Estás segura? –preguntó él.

            –S..Ssss. Sí lo estoy –respondió ella, burlándose de su momentáneo tartamudeo.

            Él rio y ladeó la cabeza, resignado a que Nadine era el tipo de chica que se burlan de ti sin reparos, pero con cariño. Le abrió la puerta y ambos subieron al taxi.
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Y después habían ido al departamento de él. Y ahí es donde se encontraban ahora. Nadine sentada (casi acostada) en el inmenso sofá colocado justo en medio de la sala, frente a un televisor de sesenta pulgadas empotrado a la pared. El sofá era de cuero y estaba tan cómodo como una cama, y de hecho en una de las esquinas, se alargaba tanto donde debería estar el respaldo, que cabía una persona acostada.

El departamento en general tenía un estilo espartano, pero elegante. Nada sobraba, todo lo que había cumplía una función, carecía de decoración alguna y Nadine hasta se permitió imaginar, divertida, que quizá Milo tenía un solo juego de cubiertos al igual que Ben Affleck en la película de El Contador.
Milo regresó con las bebidas, dos Martinis que, según decía él, eran su especialidad, y se sentó junto a ella, dejando unos pocos centímetros de espacio (que a Nadine le resultaron odiosos, otra vez su maldita caballerosidad) entre ambos.

–Sabes Milo –dijo ella con una sonrisa radiante en su boca –, aún no me has dicho en qué trabajas.

–¿Por qué quieres saberlo? –inquirió él en tono juguetón.

–Me intriga.

–¿A sí? ¿Por qué te intriga? –preguntó él.

–¿Quieres qué sea honesta?

–Por supuesto.

Ella echó una amplia mirada alrededor. Apuró un trago de su bebida y habló.

–Bueno, tu casa es impresionante…

–Gracias –la interrumpió. Ella le arrojó una mirada de reproche, la mirada de la madre reprendiendo al hijo o la novia regañado  la pareja –Perdón. Continúa.

–Y me da curiosidad conocer la forma en que te hiciste de ella.

–Okay, te lo diré –contestó él. Un largo trago a su Martini–. Soy arquitecto. De los buenos.

Ambos rieron.

–¿Cómo es que puedes aforar un departamento como este y aun así seguir tomando el metro?

–Podría comprarme un auto –respondió secamente.

–Pero…

–Pero nada –rio –simplemente no me gusta mucho manejar. Aborrezco el tráfico de esta maldita ciudad. Además no creo ser apto para estar tras un volante.

–¿Tienes acaso algún trastorno psicológico que te lo impida? –preguntó Nadine burlonamente y se llevó el vaso a los labios.

La expresión de Milo se ensombreció por un instante, lo que dura una fracción de segundo. Por momentánea que hubiera sido esta oscuridad que atravesó sus facciones, Nadine probablemente se habría percatado de este hecho. Pero la acción de llevar el vaso hacia su rostro y empinarlo para beber, le había tapado momentáneamente la visión, por lo que jamás llegó a percatarse de la sombra que cubrió el rostro de su recién concebido amante. De haberse dado cuenta, algo en ella se habría activado, un sexto sentido que a las mujeres les gusta denominar como intuición femenina, y la hubiera instado a inventarse alguna excusa para salir de allí, para alejarse corriendo e ir a un lugar público. Y eso probablemente le hubiera salvado la vida. O quizá no. Pero eso, jamás podrá saberse, ya que el hecho, lo que sucedió realmente, es que ella jamás vio, ni siquiera atisbó, esa oscuridad rampante.

–No, claro que no –respondió él, aliviado de que su momentáneo descuido hubiera pasado desapercibido –. Sólo no me agrada mucho, y no creo tener la paciencia adecuada para estar horas y horas tras el volante. Ahora ¿podemos cambiar de tema, por favor? –y al hacer la pregunta le regaló una de sus sonrisas perfectas, una de las sonrisas cuidadosamente estudiadas y practicadas durante años frente al espejo.

–Me parece bien –dijo ella –.Ya sé en qué trabajas, pero aún no sé cómo te apellidas.

–Yo tampoco sé aún su apellido, señorita.

–Eso no se vale, jovenzuelo, yo pregunté primero.

–Está bien, tú ganas. Mi nombre es Milo Vasco –dijo con un exagerado acento español al tiempo que hacía una reverencia, también exagerada.

–Es un bonito apellido.

–Ahora le toca a usted, jovencita –se acercó más y la tomó por la cintura.

Finalmente comienza a actuar como debe, pensó Nadine con alivio. Le gustaba la versión boy scout, pero ahora era el momento para que el boy scout, el Dr Jekyll dejará salir a Mr Hyde.

–Mi nombre completo es Nadine Velázquez –dijo ella imitando su tonta reverencia de hace un momento. Ambos rieron.

Milo Vasco llevó una mano al muslo de Nadine y los ojos a sus senos, unos ojos que ahora brillaban con ansía, con el hambre del náufrago que ve comida por primera vez en días. Su piel se estremeció debajo del traje sastre y sintió el viejo conocido cosquilleo en el vientre bajo acompañado de las primeras gotas de lubricación en su vagina.

Que lo haga ahora, que me bese ya, pensó con vehemencia. Milo se inclinó hacia ella y con la otra mano, la izquierda, la tomó del cuello con fuerza y la atrajo hacía sí. Se fundieron nuevamente en un beso que podría haber sido eterno. Sus labios tronando sonoramente, las lenguas en una danza casi sexual, sus cuerpos entrando en una etapa de paroxismo. Ella no aguantó más, deseaba desnudarse, anhelaba sentirlo dentro de ella, su cuerpo lo pedía a gritos.
Separó su boca de la de él.

–Me encantas –le dijo con los ojos aún entrecerrados.

–Tú a mí más –respondió él de forma casi automática. Ella llevó la mano al sexo de Milo y sintió cómo se ponía duro bajo su tacto.

–Vamos a desnudarnos –dijo ella. –Quiero que me poseas.

–Claro que lo voy a hacer –contestó él con voz monocorde –. Pero antes, duerme.

El rostro de Nadine reflejó un sincero desconcierto cuando sintió un pinchazo en el cuello. ¿Qué rayos acababa de pasar? Se preguntó, pero su mente dejó de procesar ideas claras.

Vio el rostro de Milo Vasco; parecía el rostro de un robot, carente de empatía, frío y eficiente. Quiso preguntarle qué estaba pasando, de hecho lo intentó, pero las palabras no llegaron a su boca, no pudo formular la pregunta.


Lo último que vio fue el rostro de Milo, mientras éste se ponía en pie sujetando algo en la mano derecha (¿el objeto que había provocado el pinchazo en su cuello?), antes de que la oscuridad descendiera sobre ella, nublándolo todo, cubriéndolo todo.

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Capítulos anteriores:

El Asesino del Metro
Prólogo

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