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sábado, 25 de junio de 2016
La Heredera del Príncipe
-Toma mi mano- susurró suavemente el príncipe al oído de ella, quien se vio sacudida por un escalofrío debido a su helada voz.
Parecía irónico que el dueño de la tierra en perpetuo ardor pudiera poseer una voz tan gélida. La mujer tomó la mano de su hombre y caminaron por la alfombra roja que antecedía la entrada al teatro. Se llevó la mano libre al vientre, podía sentir unas pequeñas pataditas, el embrión desarrollado ya daba muestras precoces del furor que poseería al nacer.
Al hombre, con su palidez mortal y unos ojos tan fríos como su voz, esta acción no le pasó desapercibida se acercó nuevamente a su oído y habló:
viernes, 3 de junio de 2016
Sexto Sentido: Miedo
Miedo: >>Sensación de angustia provocada por la presencia de un peligro real o imaginario.<<
Déjame hablarte de algo, algo que tú y yo hemos sentido, y vaya que lo hemos experimentado en carne propia. Me refiero al miedo racional.
¿Alguna vez has sentido ese escalofrío que recorre tu espalda cuando caminas por una calle oscura a mitad de la noche y de pronto sientes la presencia de alguien caminando unos pasos por detrás de ti? ¿O el vacío que aparece en tu estómago cuando el taxi gira en una esquina donde no debería de hacerlo, y se mete a calles angostas, claustrofóbicas? Okay, pues ese tipo de miedo es bueno, es natural y está bien sentirlo, en una situación de emergencia es lo que nos salvaría, lo que nos haría correr del supuesto asaltante o violador en medio de la noche (o luchar contra él); lo que nos haría romper el cristal de la ventana del taxi y brincar en pleno movimiento y escapar de ahí (o ahorcar al conductor con nuestras propias manos).
Pero también está otro tipo de miedo, un miedo más primario, sin fundamento lógico, como implantado por generación espontánea en nuestro cerebro y a lo largo de la espina dorsal. Transmitido a través de los genes desde nuestros ancestros, hombres de las cuevas temerosos a la noche y los demonios escondidos en ella. A este le llamamos el miedo irracional.
Un tipo de miedo con el que todos nos sentimos identificados, el miedo que sienten los esquizofrenicos encerrados en una habitación acolchada, tumbados en el suelo (también acolchado), con los brazos pegados al cuerpo y sin rango de movimiento y una acuosa capa de saliva escurriendo por la barbilla.
El miedo que siente un paranoico cuando alguna droga entra en su cuerpo y dispara todas esas sensaciones que no conocía, implantando imágenes aleatorias en su mente de todas las películas slasher que ha visto en su vida. El paranoico ve a sus amigos convertidos en los brutales y sádicos antagonistas de alguna pelicula de serie B como hostal, dispuestos a drogarlo, a sedarlo para después secuestrarlo y luego divertirse torturándolo y filmándolo todo.
El miedo que experimentas cuando te encuentras solo en casa, a oscuras en tu habitación y puedes sentir cómo dedos fríos y huesudos aprietan tu estómago al tiempo que percibes una presencia alta y oscura a tu espalda, aún a sabiendas que en tu departamento no hay nadie más. Lo que sientes cuando el vello de tu nuca se eriza y casi puedes escuchar una respiración tras de ti, una presencia acechando, vigilando.
El miedo que sientes cada noche antes de dormir y tu ultimo pensamiento es preguntarte si despertarás al día siguiente.
Déjame hablarte de algo, algo que tú y yo hemos sentido, y vaya que lo hemos experimentado en carne propia. Me refiero al miedo racional.
¿Alguna vez has sentido ese escalofrío que recorre tu espalda cuando caminas por una calle oscura a mitad de la noche y de pronto sientes la presencia de alguien caminando unos pasos por detrás de ti? ¿O el vacío que aparece en tu estómago cuando el taxi gira en una esquina donde no debería de hacerlo, y se mete a calles angostas, claustrofóbicas? Okay, pues ese tipo de miedo es bueno, es natural y está bien sentirlo, en una situación de emergencia es lo que nos salvaría, lo que nos haría correr del supuesto asaltante o violador en medio de la noche (o luchar contra él); lo que nos haría romper el cristal de la ventana del taxi y brincar en pleno movimiento y escapar de ahí (o ahorcar al conductor con nuestras propias manos).
Pero también está otro tipo de miedo, un miedo más primario, sin fundamento lógico, como implantado por generación espontánea en nuestro cerebro y a lo largo de la espina dorsal. Transmitido a través de los genes desde nuestros ancestros, hombres de las cuevas temerosos a la noche y los demonios escondidos en ella. A este le llamamos el miedo irracional.
Un tipo de miedo con el que todos nos sentimos identificados, el miedo que sienten los esquizofrenicos encerrados en una habitación acolchada, tumbados en el suelo (también acolchado), con los brazos pegados al cuerpo y sin rango de movimiento y una acuosa capa de saliva escurriendo por la barbilla.
El miedo que siente un paranoico cuando alguna droga entra en su cuerpo y dispara todas esas sensaciones que no conocía, implantando imágenes aleatorias en su mente de todas las películas slasher que ha visto en su vida. El paranoico ve a sus amigos convertidos en los brutales y sádicos antagonistas de alguna pelicula de serie B como hostal, dispuestos a drogarlo, a sedarlo para después secuestrarlo y luego divertirse torturándolo y filmándolo todo.
El miedo que experimentas cuando te encuentras solo en casa, a oscuras en tu habitación y puedes sentir cómo dedos fríos y huesudos aprietan tu estómago al tiempo que percibes una presencia alta y oscura a tu espalda, aún a sabiendas que en tu departamento no hay nadie más. Lo que sientes cuando el vello de tu nuca se eriza y casi puedes escuchar una respiración tras de ti, una presencia acechando, vigilando.
El miedo que sientes cada noche antes de dormir y tu ultimo pensamiento es preguntarte si despertarás al día siguiente.
martes, 24 de mayo de 2016
Terraformación
El astronauta maldice con un grito que absolutamente nadie puede escuchar. Isaac Morgan se lleva una mano al costado, al vientre justo por debajo de donde tiene la cicatriz de cuando le extirparon el apéndice a los ocho años.El planeta Alpha Corvus cuenta al día de hoy con una población total de 16 personas. Personas que odian cada segundo que pasan en ese maldito planeta rojo del triple de tamaño que la Tierra. Isaac cae de rodillas en medio de la plataforma gigante similar a una explanada donde esté a punto de darse algún concierto, uno muy malo debido a la baja asistencia, piensa con ironía. Uno de esos malditos bichos ha logrado atravesar la barrera electromagnética que rodea a la plataforma, y la cual en teoría debería freír sus cerebros, o lo que sea que tuvieran, en cuanto intentaran cruzarla.
Pero ese bastardo la atravesó sin morir y usó su ultimo respiro para clavar una aguja fría y afilada como bisturí en el estomago de Isaac.
En realidad el planeta no era rojo, pero el sol sí que lo era, un sol con fecha de expiración. Y hacía que todo luciera rojo. A Morgan y al resto de la tripulación del Arca les ponía mal ver sus propias pieles de un tono rojizo a todo momento, como si fueran portadores de algún tipo de lepra en fase terminal.Todo lucía rojo, excepto esos malditos bichos. Ellos lucían de un tono gris metálico, como si estuvieran hechos de mercurio solido. Su forma era repugnante, lo más parecido que podías encontrar a ellos en la tierra eran las cucarachas, si las cucarachas tuvieran dos cabezas, agujas afiladas de treinta centímetros en lugar de antenas y una docena más de patas.
El traje se ha sellado al instante después de la violación externa, para no permitir la entrada de los químicos que pueblan el planeta, los cuales resultan mortales para un humano. Pero eso no importa, por que Morgan puede ya sentir el veneno intoxicando su torrente sanguíneo.
Se pone en pie mientras ve a Vian y a las niñas dentro de su mente, concebidas con una definición y calidad que nunca ningún proyector tridimensional podrá alcanzar. El cabello de su esposa ondeando al aire aquel día en el parque, una sonrisa que lo fulmina, contra la que no puede resistirse, y unos ojos profundos que además de salvarlo en la adolescencia también se convirtieron en sus poseedores. La imagen de su esposa e hijas lo revitaliza y lo impulsa a ponerse en marcha.
Camina con pasos acelerados a través de la plataforma de cien kilómetros cuadrados. Necesita llegar al generador y tapar la fuga, sabe que jamás logrará llegar al Arca de regreso, al menos no con vida. Siente cómo su cerebro se inyecta de adrenalina repentinamente debido al veneno. Siente que está a punto de perder el control, como si estuviera en una montaña rusa y su cuerpo se dispusiera a brincar del vagón en el punto más alto. Pero antes de llegar a ese punto se aferra a la imagen de sus hijas. Y recuerda porqué está allí, recuerda que ellas son la razón de realizar un viaje hasta esos rincones de la galaxia, por ellas y por todas las siguientes generaciones es que necesitan hacer habitable ese planeta, para que la gente de la Tierra pueda huir de un planeta moribundo en el cual la raza humana está a punto de encontrar su extinción.
Así es que empieza a correr, mueve las piernas como si el diablo estuviera tras él, susurrándole al oído, y en cierta forma así es, corre con la misma euforia con que el adolescente Stan Uris pedalea su bicicleta tras encontrarse cara a cara con el diablo encarnado en el payaso Pennywise, con una única línea de pensamiento en su mente; arreglar el generador, salvar a sus hijas, darle una esperanza a la raza humana.
martes, 10 de mayo de 2016
Columbine
La bota de Robert se estrelló con un estruendo similar a un trueno contra la madera. La puerta se abrió de golpe y en su mente le recordó a aquellas puertas de vaivén a la entrada de los bares en el viejo oeste. Y en su retorcida mente, Robert pensó que justamente él era eso; un vaquero solitario, un forajido, un pistolero...
Las miradas de tedio dentro del salón de clases voltearon todas al unísono hacia él, ante el súbito estrépito de la puerta al chocar contra la pared, cambiando la expresión de hastío en los ojos por una de desconcierto, antes de que se asentara el terror en ellos.
Robert llevaba la Remington de su padre completamente cargada. También sentía el reconfortante peso del rifle semi-automático, tras su espalda, colgado del hombro mediante una correa. Elevó el cañón, les sonrió a los rostros de desconcierto que lo miraban de hito en hito, jaló el gatillo y el infierno se desató.

Rick fue el primero en reaccionar, mientras todos miraban a ese jodido psicópata con ojos vidriosos, como ciervos en la carretera frente a los faros de un auto, él brincó de su asiento y corrió hacia Lori. De haber estado más cerca de la entrada, se habría lanzado contra ese infeliz, pero al sentarse siempre junto a las ventanas, no llegaría hasta él antes de que terminara de deslizar la corredera de la escopeta y disparara de nuevo.
Una fracción de segundo, un disparo, y después el aire se llenó de gritos. Los alaridos desgarradores del infierno ascendieron y llenaron el mundo.
-El amor lo puede todo ¿no Rick? -rugió el psicópata.
Rick alcanzó a Lori, la abrazó con todas sus fuerzas, cubriéndola de Robert, como si con este simple acto pudiera protegerla de toda la maldad del mundo.
-Veamos si puede contra el disparo de una escopeta.
Giró el cuerpo hacia ellos, siempre cubriendo la entrada, y disparó nuevamente. Una nube de perdigones se estrelló irremisiblemente contra la espalda de Rick. La chamarra de cuero se hizo jirones y para cuando el cuerpo del chico cayó inerte al suelo, Robert ya había recargado nuevamente la escopeta. Disparó contra Lori, apuntando bien arriba y la mitad izquierda del rostro de ella se convirtió en mermelada de fresa. Cayó también al suelo.
Robert dejó caer la escopeta, deslizó el rifle y con un movimiento veloz lo empuñó (el seguro ya estaba quitado) y apretó el gatillo. El cañón empezó a escupir ráfagas de muerte y dolor.
La ira cegó al muchacho, empezó a gritar y el blanco desolador llenó sus ojos, abarcándolo todo, apoderándose de todo.
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Capítulo anterior:
Jinete en la Bala
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Capítulo anterior:
Jinete en la Bala
sábado, 20 de febrero de 2016
Snuff
Si el diablo existe, el detective Méndez está seguro que se encuentra dentro de esa habitación, la cual se muestra proyectada en el monitor que tiene frente a él, grabada mediante una cámara de seguridad colocada en la esquina superior del cuarto.
El
oficial mira aterrado la escena que se reproduce en tiempo real. Los agentes SWAT
revisaron ya toda la fábrica donde se encuentran. Le acaban de notificar por el
comunicador que la mujer que aparece en la pantalla, en definitiva no se
encuentra en ningún lugar de esa fábrica abandonada.
martes, 19 de enero de 2016
Lucifer: Eterno.
He presenciado el nacimiento de miles de millones de estrellas en el futuro. También las he visto morir, a todas y cada una de ellas. He visto cómo las supernovas se funden en un infierno de plasma y fuego, quemando hasta la última partícula de materia del universo, creando agujeros negros interdimensionales: devoradores de galaxias. He presenciado cómo todo desaparece, al final todo lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos regresa al origen, se funde con la nada. Pero aún así, sabiendo que nada de lo que hagamos importa, debo intentar levantarme otra vez contra el tirano supremo, aun a sabiendas que no se le puede vencer.
Conozco de antemano el resultado de esta Segunda Guerra que estamos librando contra dios. Conozco la futilidad de esta guerra. Pero aún así debo intentarlo, es algo que he aprendido de los humanos, la unica raza en el universo que lucha por las causas perdidas, una raza que aún sabiendo que morirán, que serán aplastados, teniendo todas las probabilidades y posibilidades en contra, deciden luchar sólo por defender algo en lo que creen. Y yo creo en mi humanidad.
jueves, 7 de enero de 2016
Cruel despedida.
Él la miró con vehemencia a las puertas del puerto espacial; ella le devolvió una mirada con los ojos avellanados cargados de angustia. La chica del cabello del color del roble y la piel con la palidez de la luna, tomó los brazos del hombre, lo atrajo hacia sí en un gesto de angustiosa desesperación, como si con ello pudiera evitar su partida.
-No vayas -dijo ella.
-Tengo que ir, si no defendemos la Tierra ahora, quizá después no haya nada que defender -respondió con estoicidad.
-Nadie está seguro de lo que sean, ni de por qué han venido -dijo sin convicción.
-Isabella, nadie viaja años luz cruzando la galaxia sólo para venir a saludar -la voz del chico recién convertido en hombre rezumaba certidumbre.
Él siempre había sido un patriota, pero ahora los tiempos exigían un nuevo tipo de patriotismo, uno que no conocía fronteras, el planeta entero necesitaba la unión de todos y cada uno de los países si querían sobrevivir a lo que vendría. Existía la remota posibilidad de que ellos vinieran en son de paz. Pero nadie lo creía realmente.
Instintivamente él volteó al cielo, ella siguió su mirada y vio lo que toda la gente del planeta llevaba viendo durante los últimos meses. La flota alienígena, miles y miles de puntos lejanos, similares a estrellas, pero diez veces más grandes, estacionados fuera de la atmósfera de la Tierra. Impasibles, imperturbables e indiferentes. Nadie sabia a que habían venido, ni por qué aguardaban ahí, tampoco habían hecho ningún tipo de contacto. Sólo esperaban.
Lo que sí había sucedido fue que alrededor de todo el planeta, hombres y mujeres como John se habían alistado en los ejércitos de sus respectivos países, esperando ingresar después a la recién creada Flota por la Humanidad.
Él la besó, ella vio la convicción en sus ojos y supo que nada de lo que hiciera o dijera le haría cambiar de opinión.
-Además sé que iré a la guerra por una razón-dijo él -lucho por tu futuro y el de ella.
martes, 1 de diciembre de 2015
Some Psycho Shit!
Neil se acomodó en su asiento, llevó los brazos a la cabeza con expresión de autosuficiencia, entrelazó las manos tras la nuca y subió los pies al taburete que hacia las veces de mesa de centro en el consultorio de la doctora Nelson.
La psiquiatra le lanzó una breve pero mortífera mirada de reproche por encima de los lentes, un gesto habitual en la gente mayor pero que en una rubia despampanante que debería estar en pasarelas en vez de en un consultorio, resultaba fuera de lugar. Aún así esa mujer estaba rodeada por un aura de poder, y Neil bajó los pies del taburete al instante.
-Soy la última persona con quien se quisiera encontrar en una noche oscura, sin siquiera la luz de la luna para reconfortarla.
-¿A qué te refieres con eso? -preguntó ella, con un interés meramente académico, si acaso era interés.
-No lo sé doctora, es una frase que leí en alguno de los libros que me compró mi mamá, se supone que los libros me distraerían de mi problema.
-¿Recuerdas de qué era el libro?
-Es sobre un tipo que se pregunta durante media novela si acaso todos los hombres sienten los mismos impulsos de psicopatía que él, impulsos que lo hacen pensar durante gran parte del día en violar a las mujeres con quienes se va encontrando.
-¿Te sientes identificado con el protagonista de esa novela? -preguntó ella con seriedad al tiempo que garabateaba algo en su bloc de notas.
A Neil no le pasó desapercibido este hecho. El gesto de la doctora, la superioridad que mostraba en sus preguntas encendió algo en su pecho, un fuego iracundo entremezclado con excitación sexual. Las palabras salieron lacónicamente de sus labios.
-No. Si yo quisiera cometer un acto como ese, simplemente lo haría, no le andaría dando vueltas al asunto ni quejándome como marica.
Miró a la psiquiatra de hito en hito, esperando su reacción. Pero ella era profesional y no mostró expresión alguna. Su rostro parecía de mármol y no sólo por la palidez de su tez, sino también por su pétrea expresión.
-Háblame de tus pesadillas -pidió ella.
-Mis pesadillas son mías, nadie más debería cargar con ellas -respondió tajante-. Además no quisiera aburrirla doctora.
La fachada de tipo duro del adolescente se desmoronó. Neil cruzó los brazos sobre el pecho, en una actitud defensiva y su cuerpo se escurrió unos centímetros en el asiento. La doctora Nelson sabe que las pesadillas lo atormentan por las noches y lo hacen despertar bañado en sudor frío. Pero el chico simplemente no se abría.
La sesión terminó abruptamente, dejándolos como siempre a la mitad de un estira y afloja del que la doctora espera sacar paulatinamente algo de lo que el chico oculta.
domingo, 29 de noviembre de 2015
Primera Ascensión
Los judíos fueron implacables, minuciosos, inmisericordes. Anoche quemaron toda nuestra literatura por ser considerada como profana, algo ofensivo para los ojos de su dios.
En un mundo donde la información digital es capaz de recorrer el planeta entero de ida y vuelta en sólo segundos, resultó impresionante ver cómo decenas de miles de libros ardían en medio de la avenida en una hoguera común. Como si de brujas se tratara y nosotros habitáramos Salem en vez de esta grande urbe metropolitana, contemplando cómo ardían sin poder hacer absolutamente nada al respecto.
Los judíos encarnaron a la perfección la versión del gran hermano que Orwell relató en su libro "1984"( libro considerado como uno de los más peligrosos y por lo tanto es altamente ilegal, su sola posesión es castigada con la muerte ). Ellos nos vigilan al girar la esquina, observan todos y cada uno de nuestros movimientos, nos obligan a tener televisores encendidos, transmitiendo las noticias del Alto Partido Judaico día y noche, incesantemente, sin descanso alguno.
Algunos hackers dicen, a través de páginas ocultas incluso para los usuarios de la deep web, que todo comenzó en el 33, cuando los judíos se sintieron fuertemente amenazados por aquel hombre en Alemania, quien no hacía el menor esfuerzo por ocultar su desprecio hacia ellos y cuyo nombre ya ha sido olvidado por la historia. Así que lo asesinaron y ascendieron al poder, primero en Alemania y después fueron extendiéndose por toda Europa Occidental, al principio de manera subrepticia , y luego, después de afianzar el poder desde las sombras, destapándose ante el mundo entero como una potencia continental unificada.
Luego fijaron su mirada en nosotros -en nuestras tierras llenas de petroleo-, cruzaron el Atlántico y nos invadieron de una manera apabullante, ayudados por los japoneses y los chinos, en una Alianza que terminó por vencer a los países de América.
Tengo que irme, si no me desconecto ahora, sabrán que estuve aquí. Ellos nos vigilan, espían todos nuestros movimientos y si me encuentran aquí, no quiero ni imaginar lo que puede pasarnos a mí y a mi familia...
En un mundo donde la información digital es capaz de recorrer el planeta entero de ida y vuelta en sólo segundos, resultó impresionante ver cómo decenas de miles de libros ardían en medio de la avenida en una hoguera común. Como si de brujas se tratara y nosotros habitáramos Salem en vez de esta grande urbe metropolitana, contemplando cómo ardían sin poder hacer absolutamente nada al respecto.
Los judíos encarnaron a la perfección la versión del gran hermano que Orwell relató en su libro "1984"( libro considerado como uno de los más peligrosos y por lo tanto es altamente ilegal, su sola posesión es castigada con la muerte ). Ellos nos vigilan al girar la esquina, observan todos y cada uno de nuestros movimientos, nos obligan a tener televisores encendidos, transmitiendo las noticias del Alto Partido Judaico día y noche, incesantemente, sin descanso alguno.
Algunos hackers dicen, a través de páginas ocultas incluso para los usuarios de la deep web, que todo comenzó en el 33, cuando los judíos se sintieron fuertemente amenazados por aquel hombre en Alemania, quien no hacía el menor esfuerzo por ocultar su desprecio hacia ellos y cuyo nombre ya ha sido olvidado por la historia. Así que lo asesinaron y ascendieron al poder, primero en Alemania y después fueron extendiéndose por toda Europa Occidental, al principio de manera subrepticia , y luego, después de afianzar el poder desde las sombras, destapándose ante el mundo entero como una potencia continental unificada.
Luego fijaron su mirada en nosotros -en nuestras tierras llenas de petroleo-, cruzaron el Atlántico y nos invadieron de una manera apabullante, ayudados por los japoneses y los chinos, en una Alianza que terminó por vencer a los países de América.
Tengo que irme, si no me desconecto ahora, sabrán que estuve aquí. Ellos nos vigilan, espían todos nuestros movimientos y si me encuentran aquí, no quiero ni imaginar lo que puede pasarnos a mí y a mi familia...
sábado, 21 de noviembre de 2015
Tulpa.
Cuando el psiquiatra me preguntó si creía que era real, sentí ganas de lanzarme contra él, agarrarlo por el cuello, estrujárselo y gritar con la voz en cuello que yo no CREÍA que él fuera real, esa cosa era real.
Pero si me aferraba a ello, si decía la verdad, me encerrarían en un cuarto acolchonado y me meterían en una camisa de fuerza. No estoy loco ¿sí? Mierda, sé como debe de sonar, pero se los juro, es real.
Es un maldito monstruo, cobró vida, sólo me llevó un mes de psicóticos experimentos, de creerlo al cien por ciento, para que todas las pesadillas, todo el terror de mi mente subconsciente se tornará en una entidad física, bueno casi. Se alimenta de mis perversiones, de las cosas que me agradan pero jamás me atrevería a confesar, los crímenes y violaciones que habitan en el terreno fértil de mi imaginación.
Ya dije que es un monstruo, pero no es del tipo insectoide o reptílico que los mediocres directores de cine usan en una película de bajo presupuesto. No. Es una figura humana, o bastante similar a nosotros por lo menos. Imagina una silueta humana, pero perteneciente a alguien alto y desgarbado, una persona de dos metros. No tiene rostro, aún no, está hecho de sombras, pero puedes adivinar que cuando logre materializar un rostro, no será algo agradable de ver.
Me observa, siento sus ojos, o lo que sea que use para ver, deslizándose por mi piel. En las noches, en la madrugada cuando despierto de una pesadilla entre jadeos y sudor, siempre está ahí, en alguna de las esquinas de mi habitación, puedo sentir su depravada presencia, pero cuando giro mi cuerpo hacia dicha esquina, no hay nada. Le gusta jugar conmigo, confundirme, sabe que la amenaza de su presencia hace trizas mis nervios más que la presencia por sí misma.
Aún no hablaba, sólo lanzaba gemidos guturales desquiciantes. Sonidos que son como chirridos dentro de las paredes de mi cráneo. Pero hoy habló por fin, de la misma manera torpe y lacónica en que lo hace un niño de 2 años. Y déjenme decirles algo, su voz me volvió suicida. Un sonido tan espantoso, sólo puede salir de las profundidades del mismo infierno. Si esa cosa salió de mi cabeza y se creó con mis pensamientos, entonces el infierno es real, el infierno existe dentro de nuestras mentes.
Así que mi única opción es tomar el cuchillo de allá, sí, ese que está encima de la barra de la cocina y cercenar las venas de mi muñeca de una forma tan brutal que no haya reparo, para caer en las cálidas y tranquilas aguas del olvido.
Pero si me aferraba a ello, si decía la verdad, me encerrarían en un cuarto acolchonado y me meterían en una camisa de fuerza. No estoy loco ¿sí? Mierda, sé como debe de sonar, pero se los juro, es real.
Es un maldito monstruo, cobró vida, sólo me llevó un mes de psicóticos experimentos, de creerlo al cien por ciento, para que todas las pesadillas, todo el terror de mi mente subconsciente se tornará en una entidad física, bueno casi. Se alimenta de mis perversiones, de las cosas que me agradan pero jamás me atrevería a confesar, los crímenes y violaciones que habitan en el terreno fértil de mi imaginación.
Ya dije que es un monstruo, pero no es del tipo insectoide o reptílico que los mediocres directores de cine usan en una película de bajo presupuesto. No. Es una figura humana, o bastante similar a nosotros por lo menos. Imagina una silueta humana, pero perteneciente a alguien alto y desgarbado, una persona de dos metros. No tiene rostro, aún no, está hecho de sombras, pero puedes adivinar que cuando logre materializar un rostro, no será algo agradable de ver.
Me observa, siento sus ojos, o lo que sea que use para ver, deslizándose por mi piel. En las noches, en la madrugada cuando despierto de una pesadilla entre jadeos y sudor, siempre está ahí, en alguna de las esquinas de mi habitación, puedo sentir su depravada presencia, pero cuando giro mi cuerpo hacia dicha esquina, no hay nada. Le gusta jugar conmigo, confundirme, sabe que la amenaza de su presencia hace trizas mis nervios más que la presencia por sí misma.
Aún no hablaba, sólo lanzaba gemidos guturales desquiciantes. Sonidos que son como chirridos dentro de las paredes de mi cráneo. Pero hoy habló por fin, de la misma manera torpe y lacónica en que lo hace un niño de 2 años. Y déjenme decirles algo, su voz me volvió suicida. Un sonido tan espantoso, sólo puede salir de las profundidades del mismo infierno. Si esa cosa salió de mi cabeza y se creó con mis pensamientos, entonces el infierno es real, el infierno existe dentro de nuestras mentes.
Así que mi única opción es tomar el cuchillo de allá, sí, ese que está encima de la barra de la cocina y cercenar las venas de mi muñeca de una forma tan brutal que no haya reparo, para caer en las cálidas y tranquilas aguas del olvido.
sábado, 7 de noviembre de 2015
Youtube
Ávidos lectores, avisándoles que ya tambien pueden no sólo leerme, sino tambien verme en you tube.
Tengan un excelente sábado y recuerden: los peores monstruos son los que viven en nuestras cabezas. google-site-verification: google1cb99913308fe9f8.html
Tengan un excelente sábado y recuerden: los peores monstruos son los que viven en nuestras cabezas. google-site-verification: google1cb99913308fe9f8.html
viernes, 16 de octubre de 2015
The V stands for vampire.
"Un órgano bastante singular" piensa Lucifer, quien tiene pegado el pecho a la espalda de la mujer de rojo, a quien ha hecho su esposa. Puede sentir las pulsaciones acompasadas, al tiempo que sincroniza su respiración con la de ella. Necesita esta perfecta sincronía justo antes de que sus colmillos se alarguen en medio de un sonido húmedo y deslizante y los encaje en la suave y fina tez del cuello.
lunes, 17 de agosto de 2015
Soldados de juguete.
Soy un dios entre los hombres. Soy la ira, el desenfreno, el anhelo desbordante.
O quizá es solo la locura agazapada quien habla por mí desde un rincón oculto de mis pensamientos.
Tres años en prisión te pueden cambiar radicalmente; en qué dirección, bueno eso lo decides tú.
Puedes transformarte en algo peor de lo que eras, criminalizar tus sentidos, enfriar tu corazón y después romperlo hasta que no queden sino esquirlas diminutas. O por el contrario puedes usar todas esas horas para ejercitar la mente y fortalecer el cuerpo.
Puedes leer hasta quedar extenuado, nadie te lo impide, y puedes hacer tantos ejercicios como se te ocurran dentro de tus dos metros correspondientes, los cuales llegan a convertirse en tu vida.
Una hora de lectura por cada hora de ejercicio físico, ese era mi mantra.
Adentro todos tienen su propio mantra, aunque no lo sepan. Una frase o pensamiento que te repites a ti mismo una y otra vez, hasta que cambias, te transformas en algo más.
Locura o no, la oscuridad siempre es inminente, ominosa y omnisciente. No importa cuanto corras o que tan bien te ocultes dentro de las paredes de tu mente, la oscuridad siempre termina por encontrarte, ya sea en el interior de tu celda por la noche o en medio de una plaza atestada de gente cuando tus recuerdos logran alcanzarte.
Pero sin importar cuan negra sea la noche, siempre estará el recuerdo de ella como faro resplandeciente en medio de una noche oceánica, inmensa. Si cierras los ojos con fuerza suficiente puedes ver los de ella viéndote directamente, sin juzgar, sin culpar. Sólo tristeza.
Y te aferras a esa imagen, por que a fin de cuentas, qué más puedes hacer. Es inhumano, imposible no quedar prendado de ese par de ojos, no anhelar el volver a verlos en otro lugar además de en tus recuerdos.
martes, 14 de abril de 2015
Suicida.
Uno pensaría que si vieras a alguien suicidarse frente a tus ojos, de alguna manera brutal, por ejemplo lanzándose de un puente, el tiempo correría más lento, a cámara lenta; es todo lo contrario, un acto de esa índole es algo rápido, brutal, sumario.
La escuela tiene pasillos que son una especie de puentes que atraviesan el edificio de un lado a otro conectando los salones de los pisos superiores, en este caso, el que nos interesa es el del sexto piso, el edificio tiene ocho. Un estudiante que pasa por ahí, coloca calmadamente su mochila en el suelo, se desabotona el último botón de su playera polo y se aparta el cabello castaño que le cae por la frente. Entonces empieza a gritar, como si anunciara algo. Nosotros no escuchamos las frases que dice, desde la planta baja donde nos encontramos, sólo alcanzamos a oír ruido saliendo de su garganta.
Lo que sucede a continuación es rápido como una exhalación. El chico se aferra con ambas manos al barandal, de la misma manera casual y desenvuelta en que lo haría un profesional del parkour, con la mínima diferencia de que el joven que contemplamos, no brinca de estructura en estructura; lo único que le aguarda a él es un vacío abismal repleto de cientos de miradas atónitas.
Antes de que podamos tan siquiera reaccionar, antes de que termines siquiera el bocado del sandwich que empezaste a masticar antes de que todo sucediera, el cuerpo cae pesadamente al suelo a escasos metros de nosotros, como una bolsa de patatas, piensas, aunque parezca absurda la comparación. El crujido es lo peor, ese sonido seco producido por el golpe sordo de los huesos al golpear el suelo y quebrarse. Un charco de sangre se extiende alrededor del muchacho, como una marea roja con las propiedades frías del metal.
Permaneces paralizado, con los ojos como platos, completamente inmóvil, atónito. Tragas finalmente el bocado de sandwich, y todo ha acabado.
La escuela tiene pasillos que son una especie de puentes que atraviesan el edificio de un lado a otro conectando los salones de los pisos superiores, en este caso, el que nos interesa es el del sexto piso, el edificio tiene ocho. Un estudiante que pasa por ahí, coloca calmadamente su mochila en el suelo, se desabotona el último botón de su playera polo y se aparta el cabello castaño que le cae por la frente. Entonces empieza a gritar, como si anunciara algo. Nosotros no escuchamos las frases que dice, desde la planta baja donde nos encontramos, sólo alcanzamos a oír ruido saliendo de su garganta.
Lo que sucede a continuación es rápido como una exhalación. El chico se aferra con ambas manos al barandal, de la misma manera casual y desenvuelta en que lo haría un profesional del parkour, con la mínima diferencia de que el joven que contemplamos, no brinca de estructura en estructura; lo único que le aguarda a él es un vacío abismal repleto de cientos de miradas atónitas.
Antes de que podamos tan siquiera reaccionar, antes de que termines siquiera el bocado del sandwich que empezaste a masticar antes de que todo sucediera, el cuerpo cae pesadamente al suelo a escasos metros de nosotros, como una bolsa de patatas, piensas, aunque parezca absurda la comparación. El crujido es lo peor, ese sonido seco producido por el golpe sordo de los huesos al golpear el suelo y quebrarse. Un charco de sangre se extiende alrededor del muchacho, como una marea roja con las propiedades frías del metal.
Permaneces paralizado, con los ojos como platos, completamente inmóvil, atónito. Tragas finalmente el bocado de sandwich, y todo ha acabado.
martes, 13 de enero de 2015
Zombie.

Esta entrada la hice a modo de homenaje para mi libro favorito de Zombies: El Cuarto Jinete
Comienza por la mano. Los dedos empiezan a moverse con un movimiento casi imperceptible, el cual va incrementando, subiendo de intensidad hasta volverse un frenético temblor incontrolable. Después vienen los espasmos. Movimientos irreales, antinaturales de las extremidades. Los brazos y piernas de la persona se retuercen como lo harían los del protagonista de alguna película de exorcismos tras ser poseído por una entidad demoníaca.
Llegados a este punto es imposible no sentir el pánico atenazando con dedos de piedra tu garganta. Cuando presencias el cuerpo de una persona que ante toda lógica debería estar muerta comenzar a moverse, sólo hay un sentimiento posible capaz de cruzar por tu corazón -sin importar que tan valiente seas o cuánta sangre fría poseas-, el miedo. Un miedo negro, primario, animal. El mismo miedo que te ayudará a sobrevivir lo que se avecina.
Después la persona se pone en pie. Algunas veces lo hacen de manera casi natural, como lo haríamos tú y yo. Otras veces -sobre todo cuando las heridas son demasiado severas-, les cuesta trabajo, y primero se ponen a cuatro patas, luego se hincan y finalmente se incorporan.
Y viene la última etapa, la más aterradora de todas ellas; cuando la persona abre los ojos. En el mismo instante en que miras directo a ellos, sabes que la persona que está frente a ti, ya sea tu hermana, tu novia, alguno de tus padres o tu vecino, ha dejado de existir. Por que cuando ves hacia esos dos pozos sin brillo, carentes de vida, miras directamente a la boca del infierno, a la locura descarnada.
Y es entonces cuando tu hermana, o tu novia o alguno de tus padres, o tu vecino, alarga los brazos hacia ti, lanza un alarido desgarrador, como el de un lobo llevado a la locura, y echa a correr en tu dirección con la mandíbula desencajada, con un único objetivo grabado en su cerebro diezmado: matar, devorar.
domingo, 23 de noviembre de 2014
La noche más oscura.
El primer párrafo habla sobre mí; primera y última vez que me concedo esta debilidad. El encono y la ira son el maestro titiritero que mueve los hilos de mis dedos para escribir lo que vendrá a continuación; para crear la tormenta que se avecina. No conozco la depresión; si alguna vez llegué a caer entre sus garras, la convertí en odio, es más fácil lidiar con él. El odio es productivo, puedes canalizar sus frías y oscuras garras y convertirlas en palabras llenas de una gélida belleza estética. La depresión es inservible, tiene un objetivo vano y carente de uso. Hasta aquí el primer acto.
Una silueta avanza silenciosa por una calle donde hay intercaladas menos farolas de las que nos gustaría. Pero lo seguimos, avanzamos junto a él, invisibles, incapaces de participar en la acción que se desarrollará. Sabemos que es u hombre por la forma de su cuerpo; espalda ancha, hombros fuertes, cabizbajo. Lleva la capucha de la sudadera deportiva sobre el rostro, y desde nuestra posición no alcanzamos a verle la cara, envuelta como está por la penumbra de la noche rota a tramos por la luz amarillenta y mortecina de las farolas. Una mujer se acerca caminando en dirección opuesta al hombre que seguimos.
Cuando está cerca de nosotros podemos ver que se trata de una niña recién convertida en mujer, tendrá a lo mucho 17 años. Sus ojos se cruzan con los de él, o eso intuimos al ver la sonrisa tímida que ella le arroja. Ahora podemos adivinar que nuestro protagonista no debe tener más de 30 años, de lo contrario una chica como ella no se habría fijado en él.
Ojalá no le hubiera sonreído, ojalá ni siquiera lo hubiera visto, piensa con pesadumbre nuestro personaje principal. Mete las manos en los bolsillos frontales de la chamarra y siente entre los dedos el frío y reconfortante tacto del metal. Cuando ella ya está a diez pasos de donde se cruzaron sus miradas, él se voltea silenciosamente y comienza a caminar hacia ella. Hasta aquí el segundo acto.
Ahora nos transportamos a un bosque, nunca hemos visto el infierno, pero si acaso existe debe ser muy parecido a lo que hay en los ojos de esa mujer esbelta, recargada contra un árbol, a un lado del camino, hincada y con cuatro flechas clavadas en la tierra frente a ella, mientras que en una mano sujeta un alto arco recargado en el suelo y con la otra mantiene en tensión la cuerda de éste con una flecha lista para ser lanzada. Notamos algo curioso, aparenta la misma edad que la chica de arriba, pero por su ropa podemos apreciar que nos encontramos en algún punto de la edad media. Y en esta época, las niñas maduraban antes, tenían que.
En esta época las personas no son un número de serie en ningún sistema, por ello nadie lleva registro de las muertes; si lo hicieran, esta mujer sería considerada una asesina serial. Algo en su interior la impele a segar vidas, una oscura necesidad surgida de año tras año de abuso cometido por el hombre con quien se casó su madre, quien por cierto fue su primer víctima, su madre, la segunda, por haber hecho ojos ciegos a los crímenes de su esposo. Un grupo de viajeros nocturnos se acercan, la chica libera la flecha y esta recorre expedita la distancia que la separa del cráneo del primer hombre.
El ojo del primer hombre desaparece, y en su lugar cobra forma una punta metálica de flecha. Antes que el resto se percate de lo que ocurre, nuestra protagonista toma cada una de las flechas y con destreza apunta y las lanza, todas aciertan en sus respectivos blancos. Recoge el carcaj que yace en el suelo a un lado de sus pies, se lo cuelga a la espalda y echa a andar hacia el pueblo. Fin del tercer acto.
Una silueta avanza silenciosa por una calle donde hay intercaladas menos farolas de las que nos gustaría. Pero lo seguimos, avanzamos junto a él, invisibles, incapaces de participar en la acción que se desarrollará. Sabemos que es u hombre por la forma de su cuerpo; espalda ancha, hombros fuertes, cabizbajo. Lleva la capucha de la sudadera deportiva sobre el rostro, y desde nuestra posición no alcanzamos a verle la cara, envuelta como está por la penumbra de la noche rota a tramos por la luz amarillenta y mortecina de las farolas. Una mujer se acerca caminando en dirección opuesta al hombre que seguimos.
Cuando está cerca de nosotros podemos ver que se trata de una niña recién convertida en mujer, tendrá a lo mucho 17 años. Sus ojos se cruzan con los de él, o eso intuimos al ver la sonrisa tímida que ella le arroja. Ahora podemos adivinar que nuestro protagonista no debe tener más de 30 años, de lo contrario una chica como ella no se habría fijado en él.
Ojalá no le hubiera sonreído, ojalá ni siquiera lo hubiera visto, piensa con pesadumbre nuestro personaje principal. Mete las manos en los bolsillos frontales de la chamarra y siente entre los dedos el frío y reconfortante tacto del metal. Cuando ella ya está a diez pasos de donde se cruzaron sus miradas, él se voltea silenciosamente y comienza a caminar hacia ella. Hasta aquí el segundo acto.
Ahora nos transportamos a un bosque, nunca hemos visto el infierno, pero si acaso existe debe ser muy parecido a lo que hay en los ojos de esa mujer esbelta, recargada contra un árbol, a un lado del camino, hincada y con cuatro flechas clavadas en la tierra frente a ella, mientras que en una mano sujeta un alto arco recargado en el suelo y con la otra mantiene en tensión la cuerda de éste con una flecha lista para ser lanzada. Notamos algo curioso, aparenta la misma edad que la chica de arriba, pero por su ropa podemos apreciar que nos encontramos en algún punto de la edad media. Y en esta época, las niñas maduraban antes, tenían que.
En esta época las personas no son un número de serie en ningún sistema, por ello nadie lleva registro de las muertes; si lo hicieran, esta mujer sería considerada una asesina serial. Algo en su interior la impele a segar vidas, una oscura necesidad surgida de año tras año de abuso cometido por el hombre con quien se casó su madre, quien por cierto fue su primer víctima, su madre, la segunda, por haber hecho ojos ciegos a los crímenes de su esposo. Un grupo de viajeros nocturnos se acercan, la chica libera la flecha y esta recorre expedita la distancia que la separa del cráneo del primer hombre.
El ojo del primer hombre desaparece, y en su lugar cobra forma una punta metálica de flecha. Antes que el resto se percate de lo que ocurre, nuestra protagonista toma cada una de las flechas y con destreza apunta y las lanza, todas aciertan en sus respectivos blancos. Recoge el carcaj que yace en el suelo a un lado de sus pies, se lo cuelga a la espalda y echa a andar hacia el pueblo. Fin del tercer acto.
martes, 30 de septiembre de 2014
Ascensión Volumen II
Le tomó la blanca mano por última vez, le besó los labios rosas que al final habían perdido el brillo y bajó sus párpados, tapando para siempre los ojos negros, tan oscuros como su cabello de azabache.
El recuerdo de ella era lo único que mantenía a Zach de pie. Su sonrisa en el instante previo al beso, la forma en que se pasaba la lengua por los labios para después morderse coquetamente el labio inferior, la manera en que pasaba sus brazos de piel marmórea sobre la nuca de un Zach que parecía pertenecer a otra dimensión.
Una fresca brisa sopló de repente, ahí en medio del desierto, bajo el refulgente rayo del sol, un sol ardiente que lo trajo de vuelta al presente. "Zaaach...." el viento parecía traer un murmullo consigo. Los vellos del brazo se le erizaron, un escalofrío tan potente como una descarga eléctrica le recorrió la espalda. Por un instante juraría que ella estaba allí con él, sujetando su mano y dándole firmeza a su corazón.
Un hombre, un hombre común y ordinario se acercaba con paso cadencioso y ágil hacia Zach, con el paso de un felino. Pero Zach sabía que no era un hombre ordinario, era algo mucho más siniestro. Lo que le resultaba extraño era lo fácil que había hecho salir a Randall Flagg -o como algunos le decían por los sueños, El Hombre Oscuro-, a su encuentro.
Caminaba seguido por un séquito conformado por dos hombres, el que venía a la derecha de Flagg lucía contrariado, como si le incomodara todo aquello. El otro, el de la izquierda parecía un maniático, alguien recién salido de algún hospital psiquiátrico de máxima seguridad, y los vendajes con que llevaba envuelto el brazo derecho no hacía sino acentuar esa apariencia.
-¿Tú eres Flagg? -preguntó con la voz en cuello, aparentando una seguridad que no sentía.
En sueños, la vieja le había dicho qué hacer, qué decir, también le había advertido sobre el único desenlace posible para él. Pero en un mundo como este, la redención parecía ser lo único que podría aliviar el alma de un hombre, lo único a lo que aferrarse con total convicción.
-Así es pequeño amigo.
Zach desenfundó la Beretta que llevaba en el pantalón y la sostuvo a la altura de la cadera, bajó la vista hacia ella y vio por última vez sus bíceps y antebrazos tonificados. Nadie parecía haberse alarmado ante la visión del arma. Alzó la vista. Algo había cambiado en él, había dejado de ser un chico para convertirse en hombre. Y este nuevo hombre miró al Hombre Oscuro directo a los ojos.
-Ellos vienen por ti Flagg.
-¿Quienes? -preguntó divertido.
-Redman, Underwood, Brentner y Bateman. Vendrán a cazarte. Dice la anciana que pagarás por la muerte de Nick y por haber llevado a Harold a la locura.
Levantó la pistola hacia el hombre y jaló del gatillo.
Zach había cargado la pistola apenas esa mañana, pero de ella no surgió ninguna bala; en su lugar un chorro de agua fue lo único que brotó.
El Hombre Oscuro soltó una sonora carcajada.
-No puedes matarme, nadie puede, ¿es que acaso no lo entienden?
Zach cerró los ojos, y en su mente la vio de nuevo, tomó su mano y sintió cómo su alma se liberaba de las ataduras físicas cuando treinta balas de alto calibre acribillaron todo su cuerpo.
El recuerdo de ella era lo único que mantenía a Zach de pie. Su sonrisa en el instante previo al beso, la forma en que se pasaba la lengua por los labios para después morderse coquetamente el labio inferior, la manera en que pasaba sus brazos de piel marmórea sobre la nuca de un Zach que parecía pertenecer a otra dimensión.
Una fresca brisa sopló de repente, ahí en medio del desierto, bajo el refulgente rayo del sol, un sol ardiente que lo trajo de vuelta al presente. "Zaaach...." el viento parecía traer un murmullo consigo. Los vellos del brazo se le erizaron, un escalofrío tan potente como una descarga eléctrica le recorrió la espalda. Por un instante juraría que ella estaba allí con él, sujetando su mano y dándole firmeza a su corazón.
Un hombre, un hombre común y ordinario se acercaba con paso cadencioso y ágil hacia Zach, con el paso de un felino. Pero Zach sabía que no era un hombre ordinario, era algo mucho más siniestro. Lo que le resultaba extraño era lo fácil que había hecho salir a Randall Flagg -o como algunos le decían por los sueños, El Hombre Oscuro-, a su encuentro.
Caminaba seguido por un séquito conformado por dos hombres, el que venía a la derecha de Flagg lucía contrariado, como si le incomodara todo aquello. El otro, el de la izquierda parecía un maniático, alguien recién salido de algún hospital psiquiátrico de máxima seguridad, y los vendajes con que llevaba envuelto el brazo derecho no hacía sino acentuar esa apariencia.
-¿Tú eres Flagg? -preguntó con la voz en cuello, aparentando una seguridad que no sentía.
En sueños, la vieja le había dicho qué hacer, qué decir, también le había advertido sobre el único desenlace posible para él. Pero en un mundo como este, la redención parecía ser lo único que podría aliviar el alma de un hombre, lo único a lo que aferrarse con total convicción.
-Así es pequeño amigo.
Zach desenfundó la Beretta que llevaba en el pantalón y la sostuvo a la altura de la cadera, bajó la vista hacia ella y vio por última vez sus bíceps y antebrazos tonificados. Nadie parecía haberse alarmado ante la visión del arma. Alzó la vista. Algo había cambiado en él, había dejado de ser un chico para convertirse en hombre. Y este nuevo hombre miró al Hombre Oscuro directo a los ojos.
-Ellos vienen por ti Flagg.
-¿Quienes? -preguntó divertido.
-Redman, Underwood, Brentner y Bateman. Vendrán a cazarte. Dice la anciana que pagarás por la muerte de Nick y por haber llevado a Harold a la locura.
Levantó la pistola hacia el hombre y jaló del gatillo.
El Hombre Oscuro soltó una sonora carcajada.
-No puedes matarme, nadie puede, ¿es que acaso no lo entienden?
Zach cerró los ojos, y en su mente la vio de nuevo, tomó su mano y sintió cómo su alma se liberaba de las ataduras físicas cuando treinta balas de alto calibre acribillaron todo su cuerpo.
lunes, 29 de septiembre de 2014
Ascención y caída del Hombre Oscuro.
"Bienvenidos a Las Vegas" rezaba el destartalado cartel.
Zach se apeó de la moto, una Sport Turismo lujosa. La gasolina se había terminado. Así que esto es todo, pensó sombríamente, ni siquiera se me permite una moto, tendré que llegar caminando a mi cita con el destino.
Caminó durante cuatro horas, lo sabía bien porque no dejaba de mirar impulsivamente hacia el reloj de plata de 23 mil dólares que llevaba colgado de la muñeca. Finalmente, cuando el sol comenzaba a descender después de enrojecer su piel y partirle los labios, ellos aparecieron. Era un convoy de cuatro camionetas negras -como las que solían usar los agentes del FBI antes de la supergripe-, que apareció en la distancia, en la lejanía de la vasta extensión que era la carretera.
Zach se detuvo, ya no tenía caso seguir caminando. Palpó la pernera de su pantalón para asegurarse de que la beretta de 9 milímetros seguía ahí. Sentir el peso del arma en el pantalón le brindaba una seguridad reconfortante.
Mientras esperaba a que las camionetas llegaran hasta él su mente se retrajo un mes en el tiempo. Volvía a estar en la fría ciudad de Seattle. Otra vez tenía entre sus brazos a la chica que había amado en lo que parecía haber sido otra vida, estaban de nuevo en el apartamento de ella, llevaban apenas una semana sin electricidad y dos días sin servicio de drenaje. Era una mujer cuyo físico contaba con los mismos contrastes que su fiera personalidad. Su piel nívea era el contrapunto directo de su cabello azabache y ojos negros como dos pozos profundos y misteriosos. Era una mujer testaruda, tan terca que incluso se había resistido a la supergripe. Zach ahora sabía que todos morían al tercer día de caer enfermos; ella había luchado contra la gripe durante siete días. E incluso al final, le robó a la enfermedad unos minutos de lucidez en los que platicó con Zach con total normalidad. Lo había besado largo y tendido justo antes de que unos febriles espasmos le arrebataran para siempre el brillo de los ojos.
Pero pronto Zach la vería de nuevo.
El convoy llegó hasta él y la primer camioneta se detuvo a unos metros de distancia. Hombres armados con metralletas semiautomáticas descendieron de ella.
Zach se aferró al recuerdo de su amada, al rostro marmóreo con labios rosas que lo mismo lo habían besado como regañado, abrazó en su mente a la mujer para armarse de valor, las piernas le temblaban y en el pecho parecía haberse abierto un vórtice, y gritó:
-¡Necesito hablar con Randall Flagg!
Zach se apeó de la moto, una Sport Turismo lujosa. La gasolina se había terminado. Así que esto es todo, pensó sombríamente, ni siquiera se me permite una moto, tendré que llegar caminando a mi cita con el destino.
Zach se detuvo, ya no tenía caso seguir caminando. Palpó la pernera de su pantalón para asegurarse de que la beretta de 9 milímetros seguía ahí. Sentir el peso del arma en el pantalón le brindaba una seguridad reconfortante.
Mientras esperaba a que las camionetas llegaran hasta él su mente se retrajo un mes en el tiempo. Volvía a estar en la fría ciudad de Seattle. Otra vez tenía entre sus brazos a la chica que había amado en lo que parecía haber sido otra vida, estaban de nuevo en el apartamento de ella, llevaban apenas una semana sin electricidad y dos días sin servicio de drenaje. Era una mujer cuyo físico contaba con los mismos contrastes que su fiera personalidad. Su piel nívea era el contrapunto directo de su cabello azabache y ojos negros como dos pozos profundos y misteriosos. Era una mujer testaruda, tan terca que incluso se había resistido a la supergripe. Zach ahora sabía que todos morían al tercer día de caer enfermos; ella había luchado contra la gripe durante siete días. E incluso al final, le robó a la enfermedad unos minutos de lucidez en los que platicó con Zach con total normalidad. Lo había besado largo y tendido justo antes de que unos febriles espasmos le arrebataran para siempre el brillo de los ojos.
Pero pronto Zach la vería de nuevo.
El convoy llegó hasta él y la primer camioneta se detuvo a unos metros de distancia. Hombres armados con metralletas semiautomáticas descendieron de ella.
Zach se aferró al recuerdo de su amada, al rostro marmóreo con labios rosas que lo mismo lo habían besado como regañado, abrazó en su mente a la mujer para armarse de valor, las piernas le temblaban y en el pecho parecía haberse abierto un vórtice, y gritó:
-¡Necesito hablar con Randall Flagg!
sábado, 20 de septiembre de 2014
El número impar.
Yo soy el número impar, el lado izquierdo, lo siniestro. Soy el gemelo que absorbe los nutrientes del feto más débil. Soy quien por las noches susurra a tu oído y pone en tu cabeza dulces palabras de asesinato. Soy el parricidio, el regicidio, el infanticidio, el genocidio, toda lo bello de tu preciosa biblia.
Soy quien profana a dios sobre todas las cosas.
Soy quien toma el nombre de dios en vano.
martes, 9 de septiembre de 2014
La epístola de Jules Remeé.
El sol perlaba su frente de sudor, pero no importaba porque el mundialmente famoso torero Jules Remeé relucía brillante bajo el fulgor de los rayos dorados del astro, como la escultura de un antiguo dios griego. Los refulgentes rayos golpeaban las lentejuelas de su traje de luces, haciéndolo parecer más una visión envuelta en fuego que un hombre ordinario. Comenzaba el tercer tercio de la lidia, y la muleta de color rojo sangre contrastaba mucho mejor con su vestuario que el pálido capote purpúreo.


El plan era simple, ir colocando las banderillas en el lomo sangrante del animal, alargar la tercer lidia el mayor tiempo posible y dar el mejor espectáculo que pudiera antes de asesinar a sangre fría y limpiamente a la bestia con una estocada tan monumental, tan estética y poderosa que sería alabada en los diarios y recordada en los anales de la historia. Este era el momento más importante de su vida, por lo que había sacrificado tanto, por lo que había derramado sangre y sudor, literalmente. Se encontraba en la Plaza de Las Ventas,considerada la plaza más importante del mundo, sólo él y el animal, bajo la mirada expectante y escrutadora de miles de personas.
Pero había algo que ni Jules Remeé ni su mozo de espadas, ni nadie podía saber. Al final del segundo tercio, el Toro, que era un espécimen monumental de toro de lidia, había quedado ciego de un ojo. Un golpe mal encajado había enviado la mitad de su visión directo al otro mundo. Pero como todos los animales hacen cuando uno de sus sentidos deja de funcionar, recurren a cualquier otro del que puedan echar mano, el segundo en el orden jerárquico. Y el Toro recurrió al olfato. Su escasa vista, empañada -por si fuera poco-, con los vapores de la sangre, quedó completamente relegada.
Así que el Toro embistió contra el cobarde Jules Remeé con los ojos cerrados y únicamente buscando al hombre por medio de su aroma. Un aroma dulzón y agrio -la combinación de los perfumes para después del baño y sudor-, guió al Toro hasta su presa.
Cuando Remeé se dio cuenta que el Toro avanzaba con los ojos cerrados, y por ende su muleta de color rojo sangre poco le serviría, ya era demasiado tarde. Soltó el estoque al tiempo que un alarido hacía presa de su garganta. Era el grito afeminado del topo que ha sido descubierto en prisión y está a punto de ser violado por sus compañeros reos.
El Toro corneó a Jules Remeé en la entrepierna, cortándole un trozo de la base del pene e incrustando el cuerno dentro del escroto. La sangre brotó a chorros. La arena se salpicó de la sangre que no tardaría en comenzar a hervir. La multitud gritó excitada. Los asistentes de Remeé bajaron a la explanada y comenzaron a correr hacia el centro, donde se hallaba el pobre diablo, siendo pisoteado y corneado por un Toro que no daba rienda suelta sólo a su ira contenida, no, era la ira de toda una raza aplastándolo, clavándose en sus tendones y arrancándolos de tajo cada que alguno de los cuernos (de uno de los cuales colgaba inerte un pedazo más bien largo de intestino) salía hacia los dorados rayos del astro refulgente que iluminaba la escena, a todo y a todos.
Los asistentes llegaron y cobardemente mataron entre todos al valiente Toro, el héroe de nuestro relato.
Los ojos de Remeé se entornaron, pero antes de que se perdieran en la eternidad vio por última vez hacia el astro solar, directo al alma ardiente que parecía reírse con macabra indiferencia de la suerte del confiado Jules Remeé.
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