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Nadine Velázquez era una mujer a quien le gustaba seguir la rutina. Le gustaba el orden y se sentía más tranquila cuando todo estaba en su debido lugar. Despertaba todos los días a la misma hora, así fuera fin de semana, y su rutina sólo variaba en que los fines de semana no iba al trabajo.
Su cerebro, al igual que su rutina, era estructurado y lo mantenía siempre en orden; tanto sus pensamientos como emociones estaban siempre en el cajón que les correspondía y jamás se movían de lugar. Algunas personas podrían decir que Nadine era una mujer fría, carente de sentimientos, y la mayoría del tiempo tendrían razón. Pero desde hacía un mes, eso había cambiado. Alguien había comenzado a causar un efecto extraño en ella. Un hombre capaz de hacer que una nube de sentimientos que le resultaban extraños, tales como la lujuria y el deseo carnal, se arremolinara en su bajo vientre, con un cosquilleo tal que llegaba a rayar en un dolor sublime.
Hoy era lunes, y como todos los lunes (y el resto de días) se levantó a las siete en punto de la mañana. Salió de la cama, siempre del lado derecho –las supersticiones que su madre le había inculcado, habían calado profundo en su ser–, se calzó unas pantuflas que le resultaban absurdamente ridículas, pero eran regalo de su madre, además de que de hecho sí eran muy cómodas, así que con tranquila resignación las usaba, al menos hasta que estuvieran lo suficientemente gastadas como para finalmente poder tirarlas. Mientras fueran útiles, tendría que usarlas, si algo no hacía jamás Nadine, era desperdiciar el dinero. Se metió a bañar, su ducha duraba siempre quince minutos. Metía el celular al cuarto de baño y ponía el temporizador mientras dejaba sonando el celular con las Power Ballads de los años ochenta que tanto le gustaban.