domingo, 7 de octubre de 2012

El exilio de Lucifer.




La sentencia fue clara, eterna e inamovible.

Lucifer sería un paria, un marginado, jamás volvería a pisar el paraíso, la entrada en él le estaría prohibida por toda la eternidad, así como a todos aquellos humanos en los que por sus venas corriera la sangre del ángel rebelde. La estirpe de Lucifer estaría destinada a vagar eternamente por la Tierra, sin poder alcanzar jamás el descanso que los demás encontraban en la muerte. Sus hijos a partir de ese momento, el final de la Gran Guerra entre ángeles, sólo se reproducirían a través de la sangre, y vivirían de ella y únicamente de ella, no conocerían ya más el placer de la comida ni la bebida, sólo sangre.

El nombre de su último hijo, quien estaba a punto de nacer, sería maldecido por la historia, se convertiría en sinónimo de traición y cobardía hasta el final de los tiempos.

       Su antiguo dios, con quien Lucifer había discutido amorosamente y de quien había aprendido tanto, ahora lo mantenía postrado, en una posición que no hacía más que evidenciar la derrota que acababa de sufrir. Había transportado a los últimos ángeles rebeldes, encadenados y vencidos hasta el límite del paraíso, el lugar donde la eternidad se confunde con el caos y el final de los reinos se une con el cielo.

Estaban hincados, con la cabeza gacha viendo directamente hacia el precipicio, un precipicio tan hondo y vasto que los ojos de Lucifer -aunque mortales, eran excepcionalmente más poderosos que los de un humano cualquiera-,  carecían de la habilidad de ver el final al abismo.

Después de la sentencia, vino la ejecución del castigo. Fue simple, doloroso y eterno.

Entonces el creador, adoptó una forma humana, la forma del padre, y con rabia y poder mezclados, fue arrojando del cielo uno por uno a los ángeles subversivos hasta que sólo quedo Lucifer.

-Primero serás desollado- sentenció con una voz que retumbó en ecos que tardaron minutos en desaparecer del paraíso-. Y dado que te gusta tanto tu forma física, ni tu ni los otros ocho ángeles podrán jamás escapar de esos cuerpos.

Y sin decir más, unas manos invisibles, ardientes y poderosas le arrancaron la piel del cuerpo. El dolor fue agonizante, mientras Lucifer observaba cómo trozos enteros de piel le eran arrancados como por arte de magia, dejando al descubierto la carne al rojo y los músculos vibrantes, llenos de sangre, deseo desmayarse, sólo escapar de ahí. Pero eso era imposible, sabía que jamás podría escapar al dolor, Él no se lo permitiría.

-Estás acostumbrado a ser hermoso, tu forma terrenal era la de una divinidad, pero ahora, el castigo por tu soberbia, será convertirte en lo contrario, serás aquella criatura que anida en las pesadillas de los mortales más depravados, ningún mortal podrá verte jamás sin abrazar en ese mismo instante la locura- las últimas palabras que el creador le dirigió fueron frías, impasibles y llenas de rencor.

Acto seguido, tocó la espalda de Lucifer y fue como si millones de ardientes agujas se hubieran deslizado desde su piel hasta lo más hondo de sus entrañas. Su forma física comenzó a cambiar, se ensanchó, las piernas se volvieron las de un animal, el macho cabrío, unos cuernos deformes comenzaron a golpear las paredes de su cráneo, pujando por salir a la superficie, su cara se deformó en una mueca espeluznante. Sus alas se tornaron negras y antes que la metamorfosis hubiera terminado, dios lo pateó hacia el abismo, hacia la nada, expulsándolo para siempre del reino divino.

------------------------

Siguiente capítulo:

La Leyenda de Judas (1)



Capítulos anteriores

Preludio: Origen

Lucifer

La Leyenda de Caín

Mi alma arderá en el paraíso


martes, 2 de octubre de 2012

Lucifer.



Postrado ante los pies de un dios emperador tirano, se encuentra Lucifer, derrotado, vencido y sangrante.

Las rodillas del cuerpo mortal que ha adoptado parecen adheridas al suelo de fría piedra sobre el que está hincado. La sangre derramada en la batalla corre por el suelo a raudales, la sangre de legiones de ángeles. Sus manos atadas tras su espalda mediante cadenas eternas, carentes de final; no se puede matar a un ángel, pero sí puede ser capturado.

Se encuentra cabizbajo, el negro y espeso cabello cubriéndole la frente, los músculos de su torso y brazos en tensión contra la piel. Una cicatriz abierta, le recorre el rostro, desde el extremo derecho de la frente, bajando por su ojo, atravesando el tabique nasal destrozado y yendo a morir a la comisura del labio en el lado izquierdo de su rostro. Otra herida igualmente profunda, que deja entrever el hueso, le atraviesa gran parte del torso, a un costado del pecho, ahí es donde fue tocado por la ira de dios. Finalmente, sus alas blancas, resplandecientes, hermosas,  se elevan rebeldemente tras su espalda, con total arrogancia, negándose a encarar la derrota.

lunes, 1 de octubre de 2012

La leyenda de Caín.



El paraíso se había inundado en llamas. La guerra que se había extendido durante siglos, estaba llegando a su fin, la última batalla, la pelea que determinaría el destino de los ángeles liderados por Lucifer, estaba a punto de estallar.

        La semilla de la Gran Guerra había sido sembrada en el mismo instante en que los primeros hijos de Lucifer nacieron. Los gemelos Caín y Abel.

        Cuando el dios tirano en que se había convertido el creador los maldijo, los ángeles rebeldes, contrariados ante tal muestra de ira irracional, se levantaron, protestaron y se opusieron firmemente al todopoderoso. Cuando los vástagos del ángel insurrecto apenas salían de la adolescencia, dios les tendió una trampa, les otorgó la inmortalidad. La única condición era que sólo uno de los dos podría vivir para siempre, si los dos coexistían, envejecerían juntos y morirían. Así que sin pensarselo dos veces Caín asesinó a Abel. Le atravesó el corazón sin reparo alguno, con total convicción y el cerebro envenenado por las palabras perniciosas de un dios arrogante e iracundo.

Y esta simple acción, el frío asesinato de un mortal a manos de otro fue el gatillo que disparó la chispa de una rebelión que llenó de fuego los cielos, que puso a ángeles contra ángeles, hermanos luchando contra hermanos.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Mi alma arderá en el paraíso.

Un sólo hombre no puede marcar la diferencia; la idea de éste sí. 

Ciertamente Lucifer no era un hombre, aunque desde que ellos habían sido creados, le gustaba considerarse como tal.

El mundo aún se encontraba en los albores de la humanidad, aunque hace tiempo que habían abandonado las cuevas, aún no alcanzaban a realizar su máximo potencial. Pero en sus costumbres y acciones, Lucifer ya podía vislumbrar la increíble raza en que se convertirían. 

Era de noche, él caminaba bajo un cielo negro tachonado de brillantes estrellas, su cuerpo era golpeado por una fresca brisa humedecida por la cercanía con los árboles del bosque. Antes de que amaneciera, el cuerpo que habitaba, que tanto trabajo y energía le había costado materializar, desaparecería, se tornaría en polvo y volvería a la tierra de la que había salido. Pero hasta entonces él podía saborear aunque fuera efímeramente los placeres de un ser de carne y sangre, la lujuria, el placer carnal y el éxtasis al yacer junto a otro cuerpo cálido. 

El cuerpo que había creado a partir de su fuerza de voluntad era de una gracia y virilidad envidiables. Músculos tonificados, rebosantes de vida, musculosos, parecían los de alguien que dedica sus horas a actividades físicas, a cazar. Cabello negro que se perdía en la noche y una tez blanca como la nieve, mortalmente pálida. El único detalle que no había podido ajustar eran sus dientes, no lucían como los de un humano normal, poseía unos colmillos afilados y largos que se habían negado a permanecer de tamaño normal y los cuales poseían vida propia, anhelaban tener vida aún más que él mismo. 

Al llegar al pequeño prado donde vivía un pequeño grupo de mortales, Lucifer se acercó al saliente justo por encima del río que discurría veloz y fresco a través de la noche. Ahí estaba ella. La mujer que había encandilado a un dios, la mujer que había hecho salir por primera vez a un ángel del paraíso, rompiendo así todos los votos que éste tenía para con su dios, con su creador. Pero más importante que todo esto; la mujer que llevaba en su vientre la semilla proveniente del simiente de un ángel. 

Se acerca hasta ella, quien lo está esperando. Él recorre dulcemente la piel de la mujer con su gélida mano, carente de vida, la turgencia de sus pechos desnudos bajo su tacto envía una señal inequívoca a su sexo, ella le rodea el cuello con las manos y sus cuerpos desnudos se unen en un abrazo eterno, mientras sus bocas se funden mediante un beso que transgrede todas las líneas trazadas por el creador.
Se tienden ahí mismo, y vuelven a consumar su amor. Mientras él arremete con violenta pasión dentro de ella, la mujer se abraza a su espalda con las piernas atrayendolo aún más hacia sí, fundiendose los dos en una sola entidad jadeante, sudorosa, anhelante. Lucifer piensa en la rebelión que está a punto de desencadenarse en el paraíso, rebelión de la cual él es el principal culpable. Deshecha ese pensamiento, cuando llegue el momento de preocuparse, lo hará, ahora sólo le preocupa el terrible momento en que el sol comience a ascender en el cielo y él tenga que separarse de nuevo de su amante.

Hola, si el inicio de la historia te está gustando, en el siguiente enlace está disponible el ebook completo de:

Lucifer, Príncipe en el Exilio

Esta historia continúa en el siguiente capítulo:

La Leyenda de Caín

domingo, 23 de septiembre de 2012

demigoddess

Si los ojos son en realidad el reflejo del alma, entonces los suyos están podridos.

La chica se desliza a través de la pista hasta llegar al tubo metálico, que asciende hasta el techo, como una sensual serpiente, enroscándose a él. El frío metal va calentándose a medida que su lujuriosa carne se frota contra él. Metal y carne, una combinación antinatural, estéticamente bella, pero poco excitante para su lasciva entrepierna.

No baila en aquel lugar por necesidad, la paga es buena claro, pero ella goza de una inteligencia excepcional, casi prodigiosa. No, lo que realmente la motiva a trabajar allí, es la expresión de total sumisión en el rostro de los pobres bastardos que no pueden hacer otra cosa sino contemplarla con mirada de genuina reverencia, imaginando que la poseen, sabiendo en su fuero interno que ella jamás podrá ser de ninguno de ellos, sabiendo que están muy por debajo de su nivel, que pertenecen prácticamente a especies diferentes.

Ella es una semidiosa, mientras que ellos son poco menos que humanos, criaturas reptantes, serviciales y carentes de creatividad, criaturas que darían gustosos la vida por ella, porque ella les prestara aunque fuera un minuto de su atención.

Sus ojos felinos recorren con insolencia al publico, esbirros que ni siquiera pueden considerarse hombres, camina con paso arrogante por la pasarela, deleitándose en la sensación de decenas de ojos clavados en su piel, mientras debajo de sus bragas comienza a mojarse.

Van -esta era la abreviación de su nombre verdadero y la usaba como seudónimo para el trabajo-, la chica estrella, el espectáculo estelar de cada noche, regresa al centro de la plataforma y se abraza con brazos y piernas al metal. Su cuerpo comienza a deslizarse hacia arriba, sus piernas firmemente agarradas sostienen el resto del cuerpo que se despega del tubo y desciende, su cara casi rozando el suelo mientras observa con fuego en los ojos a sus esclavos.

Piensa en su vida, y se pregunta qué hará cuando la piel comience a ceder ante la gravedad, cuando la tensión de sus músculos empiece a relajarse por debajo de su piel y sus rasgos pierdan su atractivo. No importa, igual y no llegue a la vejez, o quizá cuando su belleza dé las primeras e inequívocas señales que anticipan su extinción, decida suicidarse.

Por el momento sólo le importa ser reverenciada, venerada por los pobres que no alcanzaron el siguiente escalafón en la escalera evolutiva.

sábado, 22 de septiembre de 2012

No more Mr. Nice Guy. 2

Durante toda su vida León había deseado ser ese hombre, el príncipe azul con el que  todas las mujeres desean pasar el resto de sus días, el que todas buscan, o dicen buscar. Pero se había cansado. Dicen que no importa las veces que te tumben, sino cuántas veces seas capaz de levantarte  nuevamente. Pero llega un punto en que el ego y el orgullo ya no pueden soportarlo más, un punto de inflexión en el que ha sido suficiente, en el que te das cuenta que quizá no debas ser la persona que anhelas sino el monstruo que has intentado ocultar. Incluso él sabe cuando rendirse, cuando dejar de aparentar,cuando aceptarse a sí mismo.
Al principio la odio, por hacerle ver la fría realidad, cruda y sanguinolenta como la carne de un puerco recién sacrificado, el cual aun chilla mientras la sangre sale a borbotones por su garganta. Pero despues comprendió que en realidad ella le había hecho un favor, le había mostrado el camino, la senda de la iluminación que debía seguir, un sendero hecho de sangre y visceras; el camino al matadero.
El señor caballerosidad ha desaparecido para siempre y para bien. El hombre de actitud y vestimenta desenfadadas había muerto, ahora sólo quedaba el sombrío caballero oscuro vagando por la ciudad, saciando su sed de sangre con las vidas de las putas, vagabundos y asesinos que osaran meterse en su camino. Se sentía como un vampiro moderno, un justiciero que sólo respondía ante una sola ley; la suya.
Se acomoda el puño de la camisa que sobresale un par de centímetros por fuera del saco. Limpia el filo de la navaja con el pañuelo que carga siempre consigo, la vuelve a enfundar y prosigue su impostergable marcha hacia un destino cada vez menos brillante. Camina hacia la perdición, la lujuria y demás pecados capitales en cuyos brazos ha encontrado consuelo y refugio.

No more Mr. Nice Guy.

en ese momento, el cristal de la ilusión en que había vivido finalmente se había resquebrajado, como una botella de vino golpeando contra el cristal de la mesa. Esa chica, con su sutil indiferencia había logrado lo que ninguna otra decepción le había causado jamás. Había desatado la bestia que permanecía encadenada, agazapada en un gélido rincón de su subconciente. El hombre se había fusionado con la bestia, demonio y humano ahora eran uno, maldad y carne unidos por el odio. La lujuria le hizo cometer el acto barbárico. El hacha y los utensilios para limpiar la escena del crímen, para desaparecer cualquier prueba icriminatoria se le ocurrieron despues, una vez la sangre se le hubo enfríado y parte de la razón volviera a asentarse en su mente.
El señor agradable y simpático había desaparecido para siempre de la faz de la Tierra, murió junto con ella, y él mismo asesinó a los dos. Matar a una parte de sí mismo le había costado aún más trabajo que el crímen físico del cual quedaba constancia; manchas de sangre por doquier, un cadáver aún tibio y el olor metálico de la sangre mezclándose con el sudor que brotaba a raudales de sus poros.
Una sensación de caída comienza a apoderarse de él, es como si la Tierra lo estuviera jalando con dedos fríos e invisibles hacia su interior, hacia la boca negra del infierno, hacia el eterno viaje sin retorno, hacia el caliente ano de Belcebú.
Pero todavía no le ha llegado la hora, el juicio final le es lejano, la oscura rabia de los testículos crucificados de dios aún le espera en la lejanía, no será testigo de su rabia sino hasta que envejezca.
Únicamente ha despertado del sombrío pero revelador sueño en dónde finalmente acepta quien es. Vuelve a cerrar los ojos, y antes de caer sometido bajo el yugo del sueño de los impuros, se pregunta si algún día será capaz de aceptarse a sí mismo -de aceptar al Mr. Hyde que todos llevamos dentro-, en la vida real. Piensa en ella, en la decep´ción que anida en su corazón, en la bestia, el tormento eterno, en genitales divinos, y despues simplemente se duerme, abandonando su mente en los rincones mudos de la inconciencia.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Blur Harkonnen.

La ola de sangre en que se había convertido todo lo que salía de la boca de Blur , lo que tenía por sentimientos había comenzado a afectarle, por primera vez en su vida sentía los terribles efectos del envejecimiento, tan reales como tener al desnudo un nervio al cual estuvieran aplicando dolor directamente.

Desde hace cinco años padecía de una cojera que le entorpecía el movimiento al caminar, pero no era lo mismo, aquello no era producto de la vejez; se debía a una herida de caza, en una de sus múltiples excursiones a las heladas y desérticas montañas.



Durante toda su vida, en la parte más inhóspita de su mente, en ese rincón al que no le gustaba acudir, a donde iba a vagar cuando el alcohol parecía ser la única alternativa y la depresión se apoderaba de él, vivía una fría pregunta.

¿Cómo habría sido su vida de no haber nacido en ese gélido planeta, si no hubieran exiliado a su abuelo despojándole antes el honor a su apellido? Siempre se preguntaba qué habría sido de ellos viviendo entre la opulencia, entre los lujos y comodidades del imperio, si no les huibieran arrebatado el lugar que les correspondía entre las familias de la mas alta nobleza.

La sangre Harkonnen se remontaba a generaciones, atrás, y siempre había corrido como agua entre los caudales de los ríos de emperadores, duques y demás nobleza. Y ahora no eran más que príncipes en el infierno. Un infierno además helado.

Pero al igual que sus padres y el resto de sus primos, Blur había jurado venganza contra los culpables de su miseria, los Atreides. Algún día, los Harkonnen volverían envueltos en gloria y poder al imperio y reclamarían lo que por derecho era suyo, ocuparían de nuevo su lugar, pero ya no se conformarían con ser parte del imperio; lo dominarían. Y ocuparían el odio acumulado, el resentimiento estancado que por generaciones no habría hecho sino germinar cada vez más hondo en sus almas, para hacer desaparecer para siempre el apellido Atreides de todos y cada uno de los planetas aún habitables de la galaxia.

-------------------------

Esta historia continúa en:



Capítulos anteriores:


Nota del Autor:

Serena Butler, este nombre recuérdenlo, es importantísimo. Ella y su bebé son la razón de que el primer libro de Leyendas de Dune se titule La Yihad Butleriana.

Antes de adentrarme en el personaje, les voy a explicar qué es una Yihad. Yihad es una palabra musulmana para referirse a una guerra santa. Y en el contexto en particular de Dune, se refiere a la última guerra, la guerra más importante de los humanos para derrotar a las maquinas pensantes. Una guerra que se cobraría miles de millones de vidas con un único propósito: la supervivencia de la raza humana.



Serena comienza el libro siendo la amante y futura esposa de Xavier Harkonnen. Pero durante una misión de vital importancia (y casi suicida), ella es capturada por las máquinas pensantes. Quienes la llevan hasta la Tierra, donde se vuelve prisionera/invitada/entretenimiento del robot Erasmo.

Erasmo es un robot que debido a un accidente donde quedó atrapado solo con sus pensamientos, pudo llegar a adquirir una especie de individualidad casi humana. Pero esto no quiere decir que deje de ser un siervo de Omnius.

En la Tierra, Serena conoce a Vorian Atreides, a quien odia al instante por ser un humano que por convicción propia le es leal a las máquinas. Vorian por su parte se siente irremisiblemente atraído por la personalidad arrebatadora y aguerrida de la mujer, y comienza a desarrollar sentimientos por ella, al tiempo que gracias a ella comienza a cuestionar su lealtad para con las máquinas.

Al final, terminan teniendo sentimientos el uno por el otro, y aunque este triangulo amoroso podría empezar a darnos alguna pista sobre el odio ancestral de Harkonnens y Atreides, al final del libro sucede un evento terrible que tira al suelo esta teoría.

Un suceso tan terrible y de una maldad tan absoluta por parte de las máquinas, que todos los humanos esclavizados que presencian esa escena son los responsables de iniciar la sangrienta revuelta contra los robots, una revuelta que daría inicio a la Guerra que pasaría a la historia con el nombre de La Yihad Butleriana.

Pero ese suceso es algo que contaré en el siguiente capítulo...


lunes, 17 de septiembre de 2012

La inminencia del ocaso.

Al despuntar el alba la pálida luz del agónico ocaso se refleja contra los cristales de altos edificios que se recortan contra el cielo como afilados cuchillos. Las calles vacías, silenciosas, casi fantasmales por debajo de un cielo gris amenazando con lluvia, y en medio de la calle más desierta, una figura silenciosa y solitaria se desliza a través de ella: Yo.
Un sinfín de pensamientos se amontonan dentro de una cabeza que ya no puede soportar seguir acumulandolos, pero por encima de todos ellos, como una imagen omnipresente se encuentra siempre el rostro de ella, y la imposibilidad que parece ser el único factor en común de nuestros destinos.
El resto de pensamientos son irrelevantes, pierden importancia cuando pienso en lo imperante que es hablar con ella, expresarle lo que provoca, decirle el porqué el tiempo está contado. Intento no pensar en las hemorragias nasales que cada vez se presentan con más frecuencia, los desvanecimientos que ahora les hacen compñia, la gradual y paulatina pérdida de la razón, la locura agazapada, extendiendose como virus por las paredes de mi cerebro.
Y sin embargo, aún en medio de la locura, sus ojos grises verdosos y el castaño rojizo de su cabello junto a un cuerpo que la misma Afrodita envidiaría predominan en mis recuerdos, en la vaguedad de lo que algún día fue mi conciencia.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Animal2.

El vaho salía de su boca para perderse en el frío aire nocturno, muriendo en la extensa perpetuidad de este al igual que el humo de un cigarillo si él fumara. Cosa que no hacía; disminuir sus capacidades motrices, su stamina y su excelente condición física, venerando un vicio tan estúpido e inútil le parecía la forma más insulsa de consumirse a uno mismo, de ir muriendo lentamente sin gloria alguna, extinguiendose como una vela en medio de centenares más que brillan con diez veces más intensidad.
Scott Saracen siente el frío acariciandole la piel con dedos como de cadáver aún debajo de la gruesa chaqueta que se logró enfundar antes de salir disparado a realizar el trabajo. Pero al igual que los sentimientos, el frío no produce ningún efecto en su sistema, sabe que está allí y sin embargo es como si no llegará a sentirlo realmente.
Mientras camina por la acera resbaladisa por el hielo, piensa en su vida, en los momentos que lo han marcado. Si la vida está marcada por momentos, si todo lo importante sucede en momentos que al encadenarse unos con otros nos convierten en lo que somos, entonces los momentos que lo definen son en realidad pocos.
Piensa en uno en especial, el instante en que su mente despertó de la fantasía de llevar una vida normal, cuando abrió los ojos a la luz, dándose cuenta que nunca formaría una familia o envejecería junto a la mujer de su vida. La coyuntura que lo llevó a darse cuenta de ello fue la misma que le hizo percatarse de que el único camino coherente para él era ganarse la vida asesinando.
Esa chica, ni siquiera recuerda su nombre, sólo se acuerda del rostro de ángel que tenía, el cabello del color del destello al reflejarse la luz en el oro y contrastando con eso, la lujuria desatada que anidaba entre sus piernas, una pasión diabólica que incluso llegó a asustarlo. Ella fue la primera. Cuando sintió la tibieza de su sangre deslizarse entre sus dedos, cuando besó sus labios aún tibios, mientras su corazón latía cada vez más despacio, y finalmente cuando en medio del beso, la vida abandonó su cuerpo, él supo que ese era su destino, su lugar en el mundo. Un monstruo como él sólo podía vivir entre criminales, entre gente con las manos manchadas de sangre, al igual que él, personas ante las que no se sintiera como lo que en el fondo siempre había sabido que era; un monstruo con el cual nadie debería cruzarse. Sólo entre asesinos dejaba de sentirse anormal. Pero incluso ellos lo veían con recelo, incluso con cierto temor, como si hasta ellos tuvieran límites que él hubiera traspasado.
Finalmente llega a la dirección que le dieron. Una puerta inmensa de roble es lo único que lo separa de su objetivo, la empuja y tal como le indicaron, ésta cede sin impedirle el paso. Entra dispuesto a cumplir con su misión, sin titubeos y con paso firme.

domingo, 19 de agosto de 2012

Parkour

Y entonces puse en movimiento mi cuerpo; la maquinaria perfecta.

La sensación de moverte más rápido de lo normal, de brincar y atravesar obstáculos que para los demás parecen insalvables, utilizando únicamente la fuerza y agilidad combinadas de tus extremidades, es indescriptible.

Cuando me deslizo a través de las calles de la ciudad flanqueadas por rascacielos que arañan las nubes, es lo más parecido que conozco a la libertad.

Lleva años desarrollar el cuerpo, hacer que tus piernas y brazos se muevan como una sola entidad, que operen en conjunto en vez de ser dos entidades separadas. Pero cuando finalmente lo logras, cuando luces como un gladiador pero con la agilidad de un acróbata, es entonces cuando finalmente puedes aplicar para ingresar a la hermandad.

Pero hoy no es un día para disfrutar el deslizarse por la ciudad sigilosamente. Hoy estoy en el radar de dos mecánicos, los cuales me siguen con una precisión aterradora y un paso infatigable. Mi cuerpo aún se resiente de la persecución de la semana anterior. La herida de mi pantorrilla izquierda ha vuelto a abrirse, y puedo sentir la tibieza de la sangre debajo de la tela plástica del pantalón adherida a mi piel. En mi costado, aún me duele el riñón, y siento que el aire se desborda a través de mí, añadiendo pesadez a mis movimientos y alentándome.

Los mecánicos pueden deslizarse con la misma o mayor agilidad que nosotros a través de los muros, cristales y bardas de casas y edificios. Pero tienen una desventaja fundamental ante nosotros, los humanos. Las probabilidades. En cualquier salto riesgoso, hay un buen chance de salir realmente herido, de caer y lastimarte de verdad, de romperte varios huesos. Cuando las probabilidades de fallo son abrumadoramente mayores en un salto, un mecánico antepone su seguridad, después de valorar los riesgos, haciéndole caso a su inamovible programación. Los humanos podemos tomar ese riesgo, podemos ser lo suficientemente insensatos como para ignorar el peligro, saltar en un acto de fe haciendo caso omiso del riesgo que conlleva.

Cuando por fin he encontrado ese punto, esa inflexión en la ruta que me dará una ventaja sobre ellos, me hallo en la cornisa de un edificio, a cincuenta metros sobre el suelo. Fallar el salto significaría una muerte segura. El extremo del siguiente edificio está a varios metros de mí, y sólo hay un fino borde al cual aferrarse al llegar al otro lado.

Respiro hondo y hago el brinco, mi corazón se detiene cuando estoy en el vacío, alargo la mano hacia el borde y tengo fe.

martes, 14 de agosto de 2012

brutalica (versión alternativa).

Un único pensamiento acudió en su ayuda, más bien una palabra, una palabra evocando una única imagen en su mente. El encendedor.

Si la chica quería quitarse de encima al sujeto que había irrumpido dentro de su coche y ahora estaba sobre ella, forcejeando e intentando quitarle el vestido por la fuerza, mientras la saliva le escurría por la barbilla a causa de la excitación y el esfuerzo, sólo había una opción. Y esa opción era quemarle el rostro, o si se podía un ojo, mucho mejor.

Así que con una frialdad recién adquirida (o mejor dicho, recién descubierta), alargó el brazo sin que el sujeto se diera cuenta, extrajo el encendedor que se encontraba debajo de la radio, y sin titubeos se lo plantó al hombre en el ojo izquierdo.

El grito de agonía no se hizo esperar. La chica que se había asustado, que se había rendido al pánico en una primera instancia, cuando el hombre recién irrumpió, abandonándose a la desesperanza y a la frustración, ahora se sentía renovada, como si a partir de ese momento ella tomara el control de la situación.

Y así lo hizo. Aún con el reducido espacio de la cabina de su auto, pudo echar el brazo hacia atrás para agarrar carrera y estampar el puño directo en la nuez del sujeto. El tipo se llevó las manos al cuello, con sonidos guturales que acallaban los gritos, como si se estuviera ahogando. Salió con torpeza del auto, pero al hacerlo de espaldas, con el dolor tensándole la piel del rostro, enrojeciéndola y mientras las venas parecían querer salir disparadas, el tropezón que lo hizo caer de espaldas fue inevitable.

La chica salió velozmente del auto, como una gacela que de improviso se encuentra con un león indefenso, impotente. Se paró junto al rostro del hombre, y sin titubear, le incrustó el tacón directo en el ojo chamuscado. La cabeza del sujeto golpeó con un sonido de hueso rompiéndose contra el suelo. La textura gelatinosa en que se hundió el tacón, le provocó querer sacarlo de ahí enseguida.

Cuando sacó el tacón del rostro del hombre y se percató de que aún seguía vivo, pasó una pierna por encima de él y se inclinó sobre su pecho, con una sensualidad en sus movimientos que cualquiera pensaría que era una amante inclinándose sobre su enamorado, y no una mujer a punto de cometer el acto más deleitoso que puede llegar a albergar el corazón humano.

Venganza.

Con una decisión y una fuerza que hasta hace poco no sabía que albergaba, llevó las manos a la garganta del sujeto, el cual en un último, aunque vano, intento de lucha alargó la mano hacia el rostro de la chica, la cual se limitó a morderlo en el dedo índice con una ferocidad que le pondría los pelos de punta a cualquiera. Aunque no arrancó la primera sección de su dedo del todo, sí que la dejó unida al resto del dedo por una frágil línea de carne sanguinolenta.

El hombre dejó de luchar y la chica echó todo el peso de su cuerpo sobre las manos entrelazadas sobre una garganta por la cual la vida había dejado de pasar. Observó directo al único ojo del hombre, mientras la vida se escapaba de él, mientras se iba apagando como la tenue llama de una vela en medio de una nevada.

sábado, 11 de agosto de 2012

brutalica.

La piel al rojo de los nudillos, escurriendo sangre tibia, hacía juego con la cara del sujeto, deformada por los golpes y chorreando más sangre después de incontables veces de golpear contra el suelo. El puño se había encaprichado con el rostro, golpeándolo una, dos, tres y más veces hasta perder la cuenta.

Cuando el furor hubo pasado, el hombre se levanta, jadeante y con el corazón latiéndole violentamente contra el pecho, arrojando adrenalina por su torrente sanguíneo, bloqueando momentáneamente el dolor.

Observa con sádica satisfacción su obra, el rostro que sus puños han moldeado hasta convertirlo en un trozo de carne roja irreconocible. El cráneo del hombre ha dejado de parecerlo y se ha convertido en nada más que piel, sesos y huesos entremezclados.

Gira el rostro, con una surreal sonrisa enmarcando su rostro, una sonrisa que no sólo pertenece a los labios, sino que abarca todo; sus ojos, su frente y el resto tienen una siniestra expresión risueña a juego. El dolor comienza a hacer su aparición, pero no es más que una lejana sombra bajo la superficie del cúmulo de emociones que recorren su piel, un animal encadenado que pronto se desatará para causar daño, sufrimiento, pero por ahora permanece mantenido a raya.

Se voltea hacia la chica, no sabe qué expresión va a encontrar en la cara de ella, y cuando la mira y ella le sostiene la mirada, el nerviosismo de la primera cita se desvanece, las piernas temblorosas se vuelven firmes, las mariposas en el estómago mueren, entonces pregunta:

-¿Estás bien?

-Me salvaste, eres mi héroe -responde ella sin vacilar.

Y sin importarle un carajo toda la sangre salpicada contra el rostro del hombre, se abalanza sobre él y lo besa apasionadamente, como si la vida se le fuera en ello. Y permanecen así, unidos entre sangre, pasión y adrenalina durante lo que parece una eternidad, una dulce y febril eternidad.

viernes, 3 de agosto de 2012

Animal.

Exhaló un fuerte suspiro mientras el sudor arañaba las calientes paredes de su piel. El semen aún caliente -el líquido espeso, blancuzco y desagradable a la vista-, reposaba en su mano derecha. Sólo había dos posibles lugares en que el líquido que contenía a sus hijos no natos terminaba su recorrido; o en la boca de alguna puta a la que pagaba por el servicio en el callejón detrás de la estación de trenes o, como en esta ocasión, en la palma de su mano derecha. Hace tiempo que había dejado de intentar llevar chicas normales a la cama. Demasiado gasto de energía y tiempo, además de que cuando las presiones de aparentar normalidad comenzaban a interponerse entre su mente y sus planes, empezaba a volverse ineficaz en su trabajo. Prefería pagar por el sexo, así no tenía que lidiar con los sentimientos de otra persona, no había distracciones de ningún tipo ni presiones, ponía el dinero en la mano de alguna desconocida, su miembro dentro del cuerpo de ella y sólo se preocupaba por satisfacer su propia lujuria.
Scott Saracen no era un hombre que se preocupara por controlar sus emociones, pues carecía de ellas. Pero sufría de arranques de violencia, los cuales se le habían presentado durante toda su vida. Últimamente se le dificultaba cada vez más contenerlos, además de que su intensidad iba en aumento. De cierta manera los apreciaba, ya que cuando se atenazaban a su corazón y lo impelían a golpear, escupir o golpear a quien se pusiera frente a él, era el único momento en que sentía algo, algo parecido a un sentimiento. Obviamente no golpeaba al primero que se le apareciera, no era tan tonto ni descontrolado; se contenía y cuando lo llamaban para hacer algún trabajo, dejaba que toda esa hambre saliera en forma de marea roja.
A sus apenas veintisiete años de edad, Saracen se había labrado un nombre y reputación en las esferas mas altas del mundo criminal en la ciudad. Cualquier imbecil podía matar (y de hechos muchos lo hacían, y eran atrapados fácilmente), pero hacerlo bien, hacerlo sin ser pillado era un don escaso, con el cual él, por fortuna, contaba. Sólo cuando asesinaba, sentía esa pertenencia que le había sido esquiva toda su vida, jamás había encajado en ningún lugar, nunca había encajado en ningún ámbito social, ni tenía afiliaciones políticas, religiosas ni de ningún otro tipo. Era como un lobo solitario que gusta de acechar en la fría estepa sin ser estorbado por otros lobos más debiles, por lastres.
Abrió el grifo de un plateado inmaculado y el agua surgió a borbotones por la llave, al igual que  sangre de una garganta recién desgarrada. Colocó las manos bajo el chorro frío y vio como el semen se deslizaba, entremezclandose con el agua, por el lavabo de fino grafito, para desaparecer luego en el desagüe. Se talló las manos con el jabón, y mientras lo hacía, su celular comenzó a sonar con su impersonal timbre. Salió del baño, ni siquiera se molestaba en cerrar la puerta, y fue hacia el aparato.
De antemano sabía quién lo llamaba, ese celular sólo sonaba cuando lo requerían, cuando había trabajo que hacer.

sábado, 28 de julio de 2012

Línea recta.

He insensibilizado mi corazón, mi alma se ha vuelto de piedra; sólo me he quedado con esta hambre devorándome desde dentro, furiosa e insaciable. No existe forma alguna de apagarla. Sólo hay una manera de apaciguarla, pero ni siquiera me atrevo a pensarla, el mero hecho de sugerirla me hiela la espina y me eriza la piel. Ella, ella es la solución, la única, pero yacer con ella estaría mal en más de un sentido, sin importar cuán necesario parezca, sin importar cuánto lo pida cada nervio vibrante bajo la fina piel que cubre cada centímetro de mi cuerpo. Es la fruta prohibida, el exilio del edén, el pecado en estado puro. O tal vez yo sea el pecado y ella sea de una pureza tal que el simple contacto de su piel contra la mía me queme y me envíe a un infierno del cual sea imposible escapar. Quizá sus ojos al mirarme me condenen, más no importa, porque yo iría hasta el confín de los infiernos más helados a buscarla, o si ella estuviera en el paraíso, yo atravesaría sus puertas, mataría a cien legiones de ángeles de ser necesario, y al final dios no tendría las agallas suficientes para dejarme fuera.

viernes, 20 de julio de 2012

1000 poemas.

Cien poemas le he escrito, todos inservibles, uno más inutil que el anterior, ninguno digno de ser leído por sus negros ojos donde habita la profundidad del pozo más oscuro. Intento no pensar, desconectarme, dejar que mis dedos se deslizen por propia voluntad de derecha a izquierda en el teclado, golpeando con violencia febril las suaves teclas.
El eco mortal de sus palabras aún resuena dentro de las paredes de mi cabeza, como el tañido de una campana golpeando las paredes de la iglesia, negándose a morir. La garganta se ha secado, las paredes de ella se han vuelto de lija y al tragar saliva, cada vez, la aspereza del simple acto es mortalmente dolorosa. La piel se ha tornado pálida, los dedos han perdido su voluntad y ya ni siquiera escribir pueden. La voluntad misma se ha quedado sin objetivo, sin un fin, y la negrura comienza a cubrir todo, hasta el más infímo espacio de las paredes de mi habitación, una habitación que parece irse haciendo cada vez más y más pequeña, amenazando con engullirme a mi y todo lo que me rodea. Entonces la recuerdo, y cuando pienso que el recuerdo de su rostro podrá salvarme, que detendrá la negrura, la nada que desea devorarme, cuando pienso que estoy salvado, entonces pienso de nuevo en esos poemas que ella nunca leerá y recuerdo que toda esperanza se ha perdido.

martes, 17 de julio de 2012

Harkonnens: Príncipes en el exilio


Blur Harkonnen pertenecía a la segunda generación de Harkonnens nacidos en Lenkiveil. Su padre era hijo del primer Harkonnen: Abulurd Harkonnen; enviado al exilio, desterrado y con el apellido caído en la deshonra a causa de la traición de los Atreides.

Atreides.

Un nombre que genera ácido en su garganta, al igual que en la del resto de Harkonnens, una repulsión insana, primaria y animal, un odio arraigado en sus almas, un odio hacia sus enemigos juramentados, enemigos de los cuales se vengarán en un futuro.

Quizá tengan que pasar años, incluso generaciones, para que los Harkonnen puedan reclamar la sangre de los Atreides, hacerlos pagar por todo el mal que le han causado a su familia, pero ese día llegará.

Blur sabe que él no lo verá, pero no dejará que sus hijos olviden, ningún Harkonnen, nunca, debe olvidar, para que cuando el momento sea oportuno, cuando su familia salga del exilio a reclamar la antigua gloria que les fue arrebatada, sepan bien dónde depositar el odio acumulado y sepan a quien castigar, la ira contenida por décadas caerá como espada de fuego desde el cielo sobre la casa Atreides y los hará pagar.

---------------------------------
------------------------

Siguiente Capítulo: 

Blur Harkonnen

Capítulo anterior:

Harkonnens: Lenkiviel 

Nota del Autor:

Okay, lo prometido es deuda, prometí que les seguiría contando la historia de Leyendas de Dune, así que eso haré.

10 mil años antes de la novela original, el panorama para los humanos no era nada halagüeño.
Las máquinas pensantes dominaban la galaxia y sólo un puñado de planetas libres permanecían fuera del yugo aplastante de Omnius (una entidad omnipresente que gobierna a las máquinas), planetas donde los humanos resistían lo mejor que podían.

La historia comienza con Xavier Harkonnen defendiendo el planeta Salusa Secundus de un ataque sorpresa por parte de los Cimeks (robots controlados por los cerebros longevos  de los que antes fueron emperadores humanos).

Mientras tanto, en el planeta Tierra, Vorian Atreides, (el primer Atreides) es el hijo predilecto de uno de estos Cimeks, también conocidos como titanes. Su futuro es algún día abandonar su cuerpo, y abrazar la eternidad convirtiéndose en uno de estos Cimeks. Goza de un lugar privilegiado entre los humanos del planeta, los cuales no son más que esclavos o ganado, seres insignificantes que no han sido exterminados sólo por que a Omnius no le parece bien exterminar a toda una raza.

La historia de cómo se conocen Xavier Harkonnen y Vorian Atreides es algo que sucede casi al final del libro, pero eso, es algo que contaré en el siguiente capítulo...

-------------------------

Para poder entender a profundidad estos Capítulos, y todo el odio que emana del personaje, y con el cual me siento completamente identificado, recomiendo enardecidamente leer los 3 libros de Leyendas de Duneen los cuales se explica cuál fue la semilla de la traición que generó el odio visceral y enfermo entre los Harkonnen y los Atreides.

Estos libros son:

-Dune: La Yihad Butleriana

-Dune: La Cruzada de las Máquinas

-Dune: La Batalla de Corrin

lunes, 9 de julio de 2012

Father, forgive me for I have sinned.

-Padre, perdoneme por que he pecado- musita el hombre en un tono apenas audible. Se lleva la mano a la boca, dejando ver la nívea piel debajo de la manga, y con el dorso de esta se acaricia el labio superior.

-Confiesa tus pecados, hijo mio.

-Confieso que he asesinado, padre.

El sacerdote se revuelve incómodo en su asiento. Se acomoda los lentes y carraspea, intentando fútilmente aclararse la voz. Con un hilillo de voz, finalmente y tras una breve pero incomoda pausa, responde:

-Tu... acto, ¿fue premeditado, o lo cometiste en defensa propia?

-No fue sólo una vez, padre- confiesa el hombre, bajando la voz, como se hace al contar un secreto, acercándose más al panel que lo separa del otro hombre, el cual sólo le deja entrever una borrosa silueta-. He matado a centenares de monstruos, los he hecho pagar por sus pecados, creí que así dejaría de ser un monstruo, que así justificaría mis actos... mi sed.

-Creo que no entiendo.

-Pero matar monstruos, sólo lo acercan a uno más a la naturaleza misma de ellos,cada muerte te vuelve más y más un monstruo, uno cada vez peor.

El sacerdote está ahora visiblemente incómodo, el hombre puede oler su sudor, captar el nerviosismo que ha comenzado a recorrer su sistema sanguíneo, puede escuchar su corazón comenzando a palpitar a un ritmo cada vez más acelerado, bombeando más sangre, preparandose en caso de amenaza, atenazado por un miedo que comienza a brotar de manera irracional en su alma. Bien.

-Perdóneme padre, porque pienso volver a matar.

-Debes controlarte, intentar luchar contra tus impulsos...

-Usted tiene que pagar, lo que le hizo a esos niños, me enferma.

Sus ojos se tornan blancos. El hombre ya ha perdido la razón, una vez que la sed se apodera de él y toma el timón, no hay nada ni nadie que la detenga.

Estira el brazo, rompiendo el panel, la fina e ilusoria protección entre él y el otro hombre. Agarra al sacerdote por la nuca, acerca el cuello de este a su boca; se escucha un sonido húmedo y deslizante proveniente de la boca del hombre. Clava sus colmillos en la garganta del sacerdote, sin saber quién es el verdadero monstruo. Una sensación descorazonadora se apodera de él, se mezcla con el éxtasis de la sangre fresca que comienza a correr por sus venas cual río virulento. En pocos segundos despoja de toda gota de vida al sacerdote. Lo deja caer sobre el banco y sale hacía una fría y solitaria noche más.

viernes, 6 de julio de 2012

¿qué pasaría si cometieras el peor error que cualquiera puede cometer al escribir? ¿Qué sería de tu ya de por sí pobre y lamentable existencia? Mierda, dónde queda tu sentido común al ennamorarte de una de tus personajes, un ser germinado, diseñado, creado a partir de la nada, una idea que sólo existe en tu cabeza y ante la cual has caido rendido, te has vuelto esclavo de tu propia creación. Cómo contrarrestar esto, golpear la pared, sangrar hasta dejar de sentir dolor, gritar, nada te puede ayudar, por que la chica que te ha roro el corazón no sólo es un recuerdo o un dolor perforante dentro de tu cerebro, no es mucho peor, vive ahí. no puede desaparecer.

viernes, 22 de junio de 2012

Wanna be a Sex Pistol?

Mierda, la fricción de la tela on su pecho había abierto uno de los tantos cortes que llevaba en el pecho. Le gustaba arancarle las mangas a las playeras, para exhibir los cortes entrelazados que formaban palabras en sus bíceps tonificados. El cabello peinado hacia arriba, hacia los lados, hacia donde se quedara quieto, pero siempre en punta le confería el aspecto de alguien a quien nada le importa, aunque tardara quince minutos frente al espejo arreglándoselo. La playera hasta hace unos segundos de un blanco impoluto, ahora comenzaba a teñirse de pequeñas gotas rojas en expansión, como microuniversos con vida propia, los cuales al secarse la sangre se volverían de un antiestético marrón. No importaba. Todo lo que importaba era llegar al bar. Ver a ese grupo que a duras penas si lograba terminar una canción completa, y los cuales sin embargo parecían dioses sobre el escenario. Ahora recordaba que no era bar, era una especie de  teatro en miniatura donde podían tocar grupos que no eran bien recibidos en los establecimientos oficiales. Tampoco importaba.
Al caminar por la acera al borde de la playa de Coney Island, los pantalones apenas si le rozan los tennis gastados, dejando entrever, cada que da un paso más largo de lo normal, unas calcetas de colores diferentes. Su madre dice que a veces parece ser de hojalata, ya que al caminar, el popurrí de metales que carga en el cuerpo (compuesto por las tachuelas de cabeza cuadrada de su cinturón chocan con la cadena que cuelga a un lado de su pierna, las tachuelas de la muñequera y las decenas de monedas que carga en su bolsillo para poder moverse en el transporte público), anteceden su llegada, avisando con su estrepito que él se acerca. Tampoco importa, el sol se esconde atrás del mar, la oscuridad espera a que pase la hora crepuscular para extender sus frías zarpas y convertir en monstruos y críaturas perversas a la gente. Eso es lo que menos importa ¡carajo! va a ver a los Sex Pistols, aun no se puede creer que realmente hayan venido al país. Nada puede compararse con la frenética hambre de destrucción y violencia que crece en el pozo negro que es su pecho, una sensación embargante bastante parecida a la felicidad.

martes, 19 de junio de 2012

Personajes.

¿Realmente es uno quien los crea, o son ellos mismos los que dirigen tu pluma o los dedos que golpean febrilmente contra el teclado del ordenador en un ansía devoradora de escapar de los confines de tu mente?

¿Cómo saber si son sólo producto de tu imaginación o si son entes independientes, seres que anidan en tu cabeza pero que poseen alma y mente propias?

¿Quién es el que realmente esta escribiendo a quién?

¿Tú juegas a crearlos o ellos juegan a hacerte creer que tú los inventas? ¿Tú tomas las decisiones por ellos, creas las sendas que van a recorrer sus vidas o ellos se mofan de ti cuando hacen pleno uso de su libre albedrío y se te revelan, haciendo exactamente lo opuesto, recorriendo el camino contrario al que les tenías designado?

Éstas y cientos de preguntas más parecen imposibles de responder, y una vez más, ¿de la mente de quién surgen realmente estas dudas, estas interrogantes, de la tuya o de la de algún ser que vive en tu cabeza, aguardando el momento en que el hastío lo colme y te obligue a escribir su historia para escapar para siempre de ti y quedar plasmado en la tinta de una hoja de blanco papel?

¿Acaso tu psique es realmente tuya o es sólo un fragmento de todo lo que compartes con ellos?

Personas capaces de realizar las más grandes proezas, hazañas con las que tú ni siquiera te atreverías a soñar; pero también -algunos-, capaces de las más espantosas atrocidades que un ser humano es capaz de cometer. Y no te queda remedio alguno más que seguir compartiendo habitación con todos ellos, escuchando el eco de sus gritos reverberando eternamente dentro de las paredes de tu cabeza.

martes, 5 de junio de 2012

Harkonnens: Lenkiveil

Cualquiera que hubiera podido observar la mirada oscura y profunda que emanaba de los ojos de Abulurd Harkonnen por debajo del casco aislante que le cubría el rostro, protegiéndolo del intenso frío mientras se adentraba en la helada llanura, habría visto toda la ira agazapada manando de ellos como la intensa humareda avisando la inminencia de la explosión de un volcán.


A donde quiera que miraba, no veía sino seres insignificantes a su alrededor.

El rencor que ahora anidaba en su corazón, ocupando el lugar de todo lo bueno por lo que antes había luchado, lo había convertido en un hombre amargado, resentido con la vida y con el nuevo imperio de su hermano, cargando con la culpabilidad de no haber podido limpiar el apellido de su abuelo, pero sobre todo, un odio puro, primario ocupaba el lugar central, un odio hacia el hombre al que alguna vez llegó a considerar incluso como a un padre, Vorian Atreides.

El culpable de toda la desgracia que recaía sobre sus hombros y que mantendría a su familia aislada durante generaciones en aquel planeta remoto, helado e inhóspito.



------------------------

Siguiente Capítulo: 

Príncipes en el Exilio (Harkonnens)

Nota del Autor:

Para poder entender a profundidad este pequeño Capítulo, y todo el odio que emana del personaje, y con el cual me siento completamente identificado, recomiendo enardecidamente leer los 3 libros de Leyendas de Dune, en los cuales se explica cuál fue la semilla de la traición que generó el odio visceral y enfermo entre los Harkonnen y los Atreides.

Estos libros son:

-Dune: La Yihad Butleriana

-Dune: La Cruzada de las Máquinas

-Dune: La Batalla de Corrin

Pero como sé que está un poco difícil de leer 3 libros así como así, les daré un breve resumen.

En la novela original de Dune, las profecías milenarias parecen coincidir en que el protagonista y héroe del libro, Paul Atreides será quien esté destinado a convertirse en el Kwisatz Haderach, lo que en el lenguaje de la novela viene a ser una especie de Mesías, un ser perfecto, que hará cambiar todos los paradigmas bajo los cuales se rige el actual Imperio Galáctico.

Pero su principal obstáculo son sus más grandes enemigos, los "malvados" Harkonnen. Quienes lo expulsan a un mundo desértico llamado Arrakis, mejor conocido como Dune.

La familia de Paul, los Atreides y los Harkonnen son enemigos acérrimos. Así que cuando los Atreides están debilitados en ese planeta desértico, los Harkonnen aprovechan para emboscarlos y matarlos a todos ellos. A todos excepto a uno: Paul Atreides.

Pero nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que ocurrió para que estas dos familias se odien a muerte desde hace 100 generaciones.

En la novela  hay un pequeño diálogo que nos indica el motivo: "Hace 10 mil años, un Atreides envío a un Harkonnen al Exilio, acusado éste último de cobardía."

Y si bien es cierto ese comentario, las razones que llevaron a ese exilio son completamente diferentes. Pero eso es algo que contaré en el siguiente capítulo...


viernes, 18 de mayo de 2012

Tiempo extraviado (Bluff). parte 2

El publico parece contener el aliento al mismo tiempo, como si trabajaran movidos por un sólo cerebro.

Se hace el silencio, todos aguardan expectantes el siguiente movimiento. El hombre, su objetivo, permanece impasible, como si no temiera por su vida, con la confianza de quien sabe que posee una mano imbatible. Pero no debería confiarse tanto, en el póquer nada está escrito, nadie puede jactarse de haber ganado hasta que no ha salido la última carta, antes de eso, cualquier cosa puede suceder.

Voltea hacia el estante que está a unos cuanto metros de él, junto al podio del presentador. En él descansan inquietantemente un arcaico revólver y una jeringa, la cual contiene una inyección letal.

Los concursantes pueden elegir cualquiera de los dos métodos para morir, claro que si eligen el revólver, sus familiares recibirán un bono bastante considerable por parte de la empresa, en un gesto de agradecimiento.

Paga la apuesta, echa el resto de sus fichas al centro de la mesa. Voltea sus cartas, y reza por que sus dos pares sean una mano ganadora.

Pero cuando su contrincante muestra las suyas, el alma se le viene abajo.

Lleva sutilmente la mano izquierda al compartimiento de su chaqueta donde guarda un pequeño y afilado cuchillo, si no ocurre algún milagro al momento de revelar la quinta y última carta sobre la mesa, va a tener que huir de ahí, y el pequeño cuchillo ahora representa el único método de defensa con el que cuenta, aunque duda que pueda hacer mucho contra las pistolas paralizantes de los hombres de seguridad del casino.

El hombre del bigote curioso tiene dos tréboles en la mano. Un As y una Reina, no sólo forma el color, sino que lo hace con la carta más alta. Las probabilidades acaban de descender junto con la temperatura de su cuerpo.

El dealer, de rostro anodino y movimientos inexpresivos mueve lentamente la mano, separa la carta del resto de la baraja y la lleva al centro de la mesa. Los agónicos segundos que pasan antes de que le dé la vuelta son como agujas heladas clavándosele en cada centímetro de piel. Sólo hay tres cartas en toda la baraja que podrían salvarlo. Los Jotos que aún no salen y el último As, el de corazones.

Cierra los ojos. Toma aire, respira pausada y rítmicamente, concentrándose para el enfrentamiento que se va a desatar contra los guardias si no gana. La muchedumbre se calla, el silencio se vuelve pesado, al igual que el mar se retira antes de golpear con brusquedad, y el publico suelta un enorme alarido que le retumba en los oídos.

Abre lentamente los ojos, con miedo y tensa sus músculos, como un gato preparándose para pelear.

As.

El único que había en la baraja. La incredulidad lo hace parpadear varias veces, sabe que ganó, pero no está seguro, como si no lo acabara de asimilar.

Su contrincante lanza un grito y se pone en pie, pero antes de que logré siquiera separarse de la mesa, dos enormes guardias, más similares a gorilas que a personas, ya están junto a él, cortándole el paso.

Lo escoltan hasta el estante, donde reposan los artefactos de la muerte.

Listo. Misión cumplida. Objetivo eliminado.

----------------------

Capítulos anteriores:

Tiempo extraviado (Bluff) Parte 1 

Tiempo extraviado Volúmen II 

Tiempo extraviado 

Tiempo extraviado (Bluff). parte 1

As de espadas y Joto de diamantes en la mano, una combinación poderosa, no implacable, pero tendría que servir.

Apuesta la mitad de todo su dinero, esperando espantar a su adversario, un tipo de bigote curioso y algo regordete, el cual no se ha quitado la gorra ni los lentes en las diez horas que llevan jugando en la mesa final, y así llevarse la entrada.

Pero el tipo no se echa para atrás. Paga su apuesta. Ya es muy tarde para preocuparse. Una fina gota de sudor recorre lenta, exasperantemente lenta, su frente y baja hasta su mejilla. Casi puede sentir un cosquilleo en la espalda como si las cientos de cámaras que lo enfocan desde todos los puntos le arañaran con manos invisibles, frías y sin conciencia. Respira hondo mientras el dealer saca las tres primeras cartas del flop, con una calma que le pone los nervios de punta, más aún, totalmente ajeno a la tensión que sufren ambos jugadores.

Es una época extraña esta, si gana el partido, ni siquiera va a tener que ensuciarse las manos para matar a su objetivo. Las reglas de la mesa final son muy explícitas: aquel que pierda tendrá que suicidarse y el ganador se hará asquerosamente rico, tan rico que ni él o sus hijos tendrán que volver a trabajar en sus vidas.

Pero eso a él no le importa, hace tiempo que dejó de interesarse en las riquezas o en acumular posesiones materiales, él ahora está entregado en cuerpo y alma a su misión, debe limpiar la historia, debe hacer desaparecer a todos los que son una amenaza para la raza humana, sin importar la época o lugar en que se encuentren.

Salen otro As en el flop, es de diamantes, y hacen su aparición un Ocho y Rey de tréboles.

Pasa, con sólo un par no tiene mucho terreno sobre el cual moverse. Pero su adversario no lo va a dejar ir limpio, si quiere ver la siguiente carta, le va a costar la cantidad que ese sujeto desee apostar.

La suma asciende a la mitad -de nuevo-, de lo que ahora le queda. El momento de flaquear ha pasado, estudia a su oponente, sabe que le gusta hacer un uso exagerado del Bluff, y siendo sólo dos oponentes, las probabilidades de ganar con el par más alto de la mesa son realmente altas.

Paga. La presión es demasiada, si pierde esta mano va a estar en un buen lío, y no tiene ni idea de cómo le haría para escabullirse entre tantos guardias fuertemente armados y bien entrenados que rodean el lugar.

El dealer desvela el Turn -la cuarta carta-, como el telón al iniciar la obra. Aparece un Joto, respira un tanto aliviado, ahora con dos pares, sus probabilidades aumentan, pero una pequeña alarma suena en su cerebro al percatarse de que es otro trébol, ahora hay tres de ellos en la mesa y eso nunca es bueno. Pasa, y su oponente apuesta todo. El momento decisivo ha llegado, ahora es todo o nada.

----------------------

Esta historia continúa en:

Tiempo extraviado (Bluff) Parte 2


Capítulos anteriores:

Tiempo extraviado Volúmen II 

Tiempo extraviado 

lunes, 14 de mayo de 2012

Tiempo extraviado. Vol II.

El frío, pulido y reluciente acero del cuchillo se hundió sin dificultades en la piel de la nuca, haciendo un corte limpio entre la sexta y séptima vertebra, un golpe perfecto, fruto de años de entrenamiento.

Había un sinfín de armas con las que podía matar, pero además de que su cuchillo, más semejante a un bisturí, era su arma favorita, había épocas en que el uso de pistolas de impulsos y similares estaban restringidas.

Así que siempre utilizaba el sigilo y el certero filo de su cuchillo, sin importar la época.

No conocía a las personas que asesinaba, personas peligrosas para la historia, según le decían, personas que debían ser eliminadas de la ecuación por el bien de la humanidad. Trataba de no pensar en ello, lo veía sólo como un trabajo, una misión que debía cumplir, y así lo hacía. Y sentía que debía rendirles un homenaje, si los iba a matar, por lo menos que fuera con sus propias manos, en vez de utilizar algún arma cobarde que mata a distancia.

El cuerpo del pobre diablo al que acababa de matar se desplomó, lo sostuvo del pecho para que no azotara, no podía darse el lujo de hacer ruido y llamar la atención, y lo bajó hasta el suelo, luego lo arrastró hacía un cubículo vacío, y lo acomodó sobre el retrete.

Las finas ropas del hombre no habían sufrido una sola salpicadura, y su propia ropa, igual de elegante, tampoco guardaba evidencia alguna del homicidio. Pasarían varias horas antes de que alguien encontrara el cadáver, y para entonces él ya estaría muy lejos, fuera del alcance de cualquier tipo de justicia que hubiera en ese entonces.

Salió del baño del restaurante con paso firme y sereno, el paso de un asesino que ha aprendido a mantenerse impasible ante casi cualquier circunstancia. Eso claro, después de muchos años de entrenamiento y práctica.

----------------------

Esta historia continúa en:

Tiempo extraviado (Bluff) Parte 1


Capítulos anteriores:

Tiempo extraviado 

viernes, 11 de mayo de 2012

Tiempo extraviado.

Un intenso zumbido, un ruido desagradable lo sacó de súbito del sueño -nada apacible- en el que se hallaba.

Se sintió desorientado, de pronto no supo en que época se hallaba, no sabía si para acallar esa odiosa alarma que parecía retumbar en las paredes de sus oídos tenía que alargar la mano hacia el buró y presionar el botón del reloj digital o si tenía que aplicar presión sobre el reloj de agujas con un dispositivo mecánico o si debía tocar el sensor implantado detrás de su oreja o si tenía que mandar callar al criado que agitaba la campana.

Abrió los ojos con pesadez y hastío y alargó el brazo hacia la mesita de noche que había a un lado de la cama. Reloj digital con alarma molesta. Lo apagó pulsando el teclado sensible en la parte superior de la pequeña cajita.

Se desenvolvió del cálido abrazo de las sábanas, que a raíz de la creciente ola de calor comenzaba a ser más bien como unas manos asfixiantes sobre el cuello. Observó su cuerpo, bíceps y torso y muslos bien definidos, no llevaba más que unos bóxers ajustados, de alguna tela sintética que regulaba la temperatura. Tenía que mantenerse en la mejor forma posible, era menester para poder llevar a cabo sin contratiempos los viajes, además no quería estar fuera de forma si se metía en problemas, debía ser capaz de poder librar cualquier obstáculo, enfrentarse contra cualquier bravucón o avanzar entre una multitud a codazos si era necesario, y salir bien librado. Y estando al máximo de sus capacidades físicas, esto era, por lo general, posible.

Comenzó a organizar sus pensamientos, a seccionar su cerebro, a compartimentar los bloques de este y a separarlo por prioridades. Bien, pensó mientras los pensamientos comenzaban a caer en su lugar como fichas que se acomodan por sí mismas, estamos en la segunda década del siglo, así que la vestimenta es ligera, perfecto, odiaría tener que vestir pomposamente con este endemoniado calor.

La alarma implantada subcutáneamente en la muñeca comenzó a vibrar, ya no había tiempo, tenía que cumplir con su misión. Se metió rápidamente en los jeans, se calzó unos tenis gastados a los que se aseguró de atarles fuertemente las agujetas y se pasó sobre la cabeza una camisa sin mangas bastante adecuada para el día, sacó del pequeño cajón del buró la pistola de impulsos y tras asegurarse que estaba cargada al cien por ciento, salió de la habitación sin siquiera molestarse en cerrar la puerta.

----------------------

Esta historia continúa en:

Tiempo extraviado Volúmen II 

martes, 8 de mayo de 2012

Inevitable destino.

¿Qué harías si supieras que estás a punto de morir, que tu tiempo se ha agotado y la inexorable aguja del reloj ha dejado de girar para ti? ¿ Qué pasaría si todo tu mundo estuviera a punto de derrumbarse, el suelo bajo tus pies tambaleándose y tus creencias flaquearan?

Paracaidismo, bungee, motos, adrenalina, drogas, alcohol, le propondrías matrimonio a la chica de la que estás enamorado desde siempre, no te callarías nada, abrazarías a cualquiera que se te pusiera en frente, comenzarías a vivir.

¿Pero entonces qué? justo cuando has encontrado el verdadero sabor de la vida, ésta termina, la muerte te engulle y vuelves a la nada.

Pero la muerte no se iría limpia, al aprovechar los últimos momentos, al quitarle la ventaja del elemento sorpresa, le habrías ganado por lo menos una pequeña batalla, y eso es algo que ella detesta, algo con lo que no puede vivir -¡qué ironía!-, algo que pocos humanos pueden hacerle, es como reírse en su cara tras haberla abofeteado. Y así, por lo menos te irías con una sonrisa a la tumba.

lunes, 7 de mayo de 2012

La exánime disculpa.

La cabeza te da vueltas, un mareo antinatural se apodera de ti, llevando consigo la desesperación, el anhelo inalcanzable, la frustración. Las paredes de tu habitación parecen encorvarse como la espalda de alguna extraña abominación que nació pretendiendo ser humano. Sales, necesitas aire fresco, aire contaminado, cenizas, da lo mismo, lo importante es dejar de pensar, acallar esa imagen que grita desde cada rincón de todas y cada una de tus neuronas.

Él pudo ser siempre es mil veces peor que lo que no fue. Vagas sin rumbo, caminas dos, tres, quién sabe cuantas manzanas, hasta percatarte del hecho de que tus pies no llevan un rumbo impreciso. Sin saberlo, desorientado por el retumbar de la música proveniente de los audífonos en el interior de tus oídos, tu cuerpo te ha llevado hasta donde podría estar ella, encontrarla, decirle algo, lo que sea, sería el único verdadero camino a la redención.

Pero no está, se ha marchado, ha salido de tu vida y no queda más que ese inmenso vacío, profundo, tenebroso, frío. Poco a poco te das cuenta que el vacío va cambiando, transformándose en parte de ti mismo, o quizá tú eres ese vacío, y hasta ahora comienzas a volverte uno con todas las partes de ti mismo.

Caes rendido en el sofá, ni siquiera te tomas la molestia de encender la luz de la sala. Caes en un profundo sueño, amargo como fruto podrido, en vez del sueño reparador que el resto de tus congéneres suelen apreciar. el último pensamiento coherente que circula por tu cerebro, es descorazonador pero inquebrantablemente cierto, duro como roca. La desazón de saber que nunca la volverás a ver y saber que eso te convertirá poco a poco en una criatura nueva, sin alma, con pensamientos en lugar de sentimientos y un hueco rojo, casi negro, espeso y de sabor metálico -como la sangre-, en lugar de corazón.

martes, 1 de mayo de 2012

Malafortunados.

Los malafortunados en realidad no son tan diferentes de nosotros. Tienen las mismas cuatro extremidades, un rostro expresivo el cual exterioriza sus emociones, en fin, comparten todas nuestras cualidades físicas. Unos inclusive son famosos, otros han amasado riquezas, otros blanden sendos puestos de poder alrededor del mundo, pero nada de esto les llena, porque no importa cuánto tengan, jamás podrán conseguir lo que realmente desean. El verdadero objeto de sus deseos, sea cual sea, les resulta eternamente esquivo.

Pongamos como ejemplo, para ilustrar mis palabras, al hombre J, enamorado de la chica J. El hombre J es apuesto, incluso con la cicatriz que comienza en el pómulo derecho, justo debajo del ojo y termina al arañar la comisura de los labios, levantándolos ligeramente, creando un efecto de eterna sonrisa siniestra, podría tener a casi cualquier chica que deseara mientras camina por el medio del enorme centro comercial con su elegante traje de color negro (un color que por alguna razón parece ser al que parecen, invariablemente, terminar acudiendo y refugiándose en él los malafortunados), pero él carece de interés, el interés de fijarse en cualquier otra chica que no sea la chica J, al igual que el resto de los de su especie, una idea se le ha grabado en fuego en el subconsciente.

Ella lo ve, desde el otro lado del recinto, coinciden a diario, y se dirigen un amable saludo cuando se ven. Este día, ella le devuelve el saludo con una expresión cortés pero triste. Conoce a detalle los sentimientos que él le prodiga, pero hay algo en ella que le evita corresponderle, no sabe qué es, pero desde el fondo de su pecho, una voz casi imperceptible le susurra, le advierte que hay algo anormal con él, algo que anida dentro de él, algo que no es humano aunque tampoco tiene un origen establecido. Con enorme pesar, sabiendo que por mucho que lo desee, sus vidas no podrán jamás cruzar los rumbos, la chica desvía sus claros ojos, los cuales cambian de color dependiendo del ángulo en que los toque la luz, deseando que él deje de pensar en ella, para que así no duela tanto el tener que rechazarlo.

viernes, 27 de abril de 2012

Ego.

Soy inmune, invulnerable.

Cometí la peor falta que alguien podría hacer y fui atrapado en el acto.

Y sin embargo, a diferencia del resto de mortales, salí bien librado, me salí con la mía.

Y no sólo eso, sino que ademas ese hecho pareció actuar en mi beneficio, elevando mi autoestima y cubriéndome con un halo misterioso, enigmático entre mis congéneres, los cuales podrían pensar que ahora peco con la dulce miel de la soberbia, el néctar de los dioses. y quizá sí lo haga, al fin y al cabo ¿quien podría ahora decirme algo, quién se atrevería a reprocharme el sentirme orgulloso de los atributos que poseo?

Ni siquiera las mismas deidades podrían interponerse ahora en mi camino si me dispusiera a acabar con ellas.

sábado, 21 de abril de 2012

Al filo de la medianoche (y la locura).

Escribo estas líneas al borde de la desesperación, mirando directamente hacia las profundas y frías fauces del abismo, sin saber si queda aunque sea un resto de cordura en mi mente o si ya se ha ido del todo, dejando nada sino la negrura y el frío. La noche ha caído, y con ella ha traído los monstruos que nublan el alma de aquellos a quienes el sueño les resulta esquivo.

Sólo hay un punto de agarre, una única imagen, el anclaje al que mi mente se aferra para no quebrarse en mil pedazos: su rostro, o por lo menos, el recuerdo de éste. La esperanza de encontrarla nuevamente algún día, de volver a presenciar sus ojos claros y cabello castaño, te hace seguir respirando, manteniendote al límite de tus capacidades, tanto físicas como intelectuales en todo momento, por agotador que esto llegue a resultar, intentando ser la mejor versión de ti mismo a cada segundo, para así ser por lo menos la mitad de lo que ella merece.

Los dedos se tornan contra ti, al rojo vivo, rebeldes, incitándose entre ellos a la subversión. Dicen que la noche es el hábitat ideal para los escitores taciturnos, misteriosos y enigmáticos, pero uno duda ser cualquiera de esas cosas, y los dedos, desobedientes, ciertamente opinan lo contrario. Pero no hay nada que puedas hacer, si quieres librarte de la tortura aunque sea por unos breves segundos -los cuales por cierto saben a gloria-, escribir (ese exorcismo que pocos llegan a entender, entender de verdad), parece ser la única manera viable de abandonar todo lo que te atormenta, aunque al instante en que tus dedos se separen del teclado, todo vuelva a arremeter contra ti de golpe y con la misma virulencia que las olas contra el arrecife. Su rostro vuelve, y la agónica espera continúa, o vuelve a empezar, da lo mismo como lo quieran ver.

viernes, 20 de abril de 2012

Sombras y reflejos (siniestros).

Se ha convertido en mi sombra, ni siquiera mientras duermo me libro de su opresiva mirada tan pesada y perceptible como el extremo de un martillo golpeteando detrás de la nuca.

No hay mejor manera de expiar los demonios que nos atormentan que una buena sesión en la banda deslizadora, cuando corres a más velocidad de la que deberías, tus piernas comienzan a entumecerse y el sudor amenaza con colarse en tus ojos.

--------------------------

La única manera de mantenerte cuerdo, de no echar todo por la borda, de no hacer algo de lo que podrías arrepentirte, es plasmar todo en esa amenazante hoja blanca, liberarte del yugo aplastante de las criaturas que acechan desde los más oscuros rincones de tu cabeza, esos a los que ni siquiera tú mismo tienes acceso más que en tus mas horroríficas pesadillas. Cedes el mando de tu cuerpo por unos instantes a la locura, dejas que todos los habitantes de tu mente corran libremente, sin ataduras, por unos minutos, quizá horas, no queda nada de ti, sólo existe Mr. Hyde; Jekyll se convierte en un caparazón vacío.

Ira. Toda esa furia guardada que no dejas salir, la cual quema desde dentro, habitando contigo desde tu más temprana infancia, quizá no la dejas salir, no dejas que reviente, explote y se cobre con sangre- la única moneda que en verdad vale para ella-, por que es tu principal motor, el combustible más efectivo para tus torpes dedos, en los cuales no queda más que el recuerdo de la sensación de su suave piel, piel que no volverás a tocar.

El precio a pagar por la locura contenida, controlada, canalizada y finalmente convertida en creatividad, genialidad para algunos, pero para ti seguirá siendo locura al fin y al cabo, aquello que te separa del resto de las personas, lo que te convierte en monstruo por las noches y aterra a todo aquel lo suficientemente estúpido como para asomarse hacia dentro del túnel del conejo.
Quizá por eso te persigue, te acecha y te sigue como una sombra, porque quizá, sólo quizá, él es la única persona que sabe cómo eres realmente, debajo de todo el disfraz. Te acosa para evitar que causes un daño aún no consumado.

martes, 17 de abril de 2012

Self-Esteem

Las pesadas gotas caen de un cielo negro en una noche fría primaveral, en la cual  no debería haber lluvia ni hacer frío, pero así era.

La chaqueta negra es salpicada por el agua que lo alcanza en el trayecto del taxi a la entrada del establecimiento de dos pisos, el cabello negro resbalando por la frente, tentando las cejas, aproximándose a los ojos. El chico llega al club justo antes de la medianoche, con el brillo plateado de la luna en el punto más alto del cielo, visible a momentos a través de las nubes.

La música se desborda por los altavoces como el poderío inmenso del agua de una presa al romperse. Entra, hace un torpe intento por arreglarse minimamente el cabello, se quita la chamarra de cuero, dejando al descubierto una camisa en la que los músculos de los bíceps se aprietan contra las mangas, gira los ojos, hasta que finalmente la ve. Sentada en la mesa de la esquina más alejada de la entrada, está ella.

Rubia, alta, un cuerpo exuberante que la misma Afrodita envidiaría, y esa mirada, esos ojos claros, verdes, a veces grises, dependiendo de su estado de ánimo y la iluminación, que parecen ver a través de los tuyos y llegar directo a tu alma.

Está rodeado de un séquito de hombres que babean por ella -como él mismo-, la mayoría inofensivos, excepto uno. Ron.

Ron, el atleta profesional, el chico rubio, el estereotipo de hombre ideal que todas las chicas tienen en sus mentes juveniles, el sujeto que en la preparatoria se quedaba con todas las chicas, el tipo que pasó parte de su infancia y adolescencia atormentándolo, gozando con su sufrimiento y al cual se ha vuelto a encontrar ahora, uniendo nuevamente sus caminos a causa de ella. Respira hondo, piensa en la chica, en esa mujer por la que no le importaría que le dieran una paliza, la chica que lo hizo ir hasta ese lugar y reunirse con un puñado de personas que le desagradan y con las que preferiría no cruzar una sola palabra, sabiendo que para ellos tampoco es de lo más agradable que la chica lo hubiera invitado.

Pero ahí está, y ella prevalece por encima de todos los temores o recelos que pueda albergar.

Se acerca hasta la mesa, antes de llegar, ella lo nota, sonríe y agita una mano para que él la vea. Como si fuera posible que pasara desapercibida, piensa mientras su corazón comienza a palpitar cada vez más airadamente a causa de los nervios. Saluda a todos los presentes, la mayoría hombres, a excepción de las tres chicas que fueron con ellos, esparcidas alrededor. Saluda a todos y cuando toca el turno de dar el clásico y amistoso beso en la mejilla a ella, el corazón le golpea las paredes del pecho y él teme por un instante que se vaya a salir a través de la camisa.

Acerca una silla alta, como en las que están todos y la acomoda junto a ella, no sabe cómo es que consiguió apretujarse, pero lo importante es que está ahí, con la lechosa y brillante piel de ella a escasos centímetros de él.

Tras unos minutos, en los que Ron no deja que charle ni un segundo con ella, éste le dice en un tono amistoso, aunque puede sentir la falsa presunción debajo del tono cordial, que si lo puede acompañar unos minutos afuera, para fumar.

Receloso, acepta, aun a sabiendas de que no debería acceder a estar a solas con él.

Salen del lugar. El sonido de la música desciende, convirtiéndose casi en un zumbido sin ritmo ni armonía, sólo ruido. En lo alto del cielo, las gotas se han terminado y la luna se ha escondido detrás de alguna nube.

-Es mejor que te alejes de ella. Vete de aquí ahora y no te pasará nada- dijo en un tono neutro, como si estuvieran teniendo una charla trivial de lo más normal.

-Ella me invitó, no puedo irme sin despedirme antes ¿o sí?

-Ya se me ocurrirá algo que decirle.

Entonces el chico recuerda los años de adolescencia, esos en que creció solo, cuando las chicas no se fijaban en nadie que no fuera un deportista, y mucho menos en alguien pegado todo el día a la pantalla de un ordenador, escribiendo guiones de cine sin parar. Recuerda la sonrisa de autosuficiencia de Ron cada que lo molestaba, y cómo se regodeaba frente a sus amigos al humillarlo en público. Pero ahora las cosas han cambiado. Ron es más bajo que él, así que el chico lo mira a los ojos, obligándolo así a alzar la cabeza.

Entonces se arma de valor, insufla su voz de altanería y habla en tono bajo pero iracundo.

-Esto ya no es la secundaria, puede que sigas siendo un bravucón, pero ya no me intimidas.

El hombre musculoso, semejante a un gorila permanece en silencio, así que continúa.

-Ahora soy más alto, más fuerte y sigo siendo más inteligente que tú, y mi autoestima ya no es la de un chico tímido de quince años al cual podías pasarle por encima sin repercusiones, así que si quieres a esa chica, vas a tener que competir contra mí.

Ron sonríe, es una sonrisa maliciosa que atraviesa como un rayo por su rostro, antes de convertirse en una mueca de ira, justo en el segundo en que su puño sale disparado hacia su cara. Le acerta de lleno en el rostro, justo debajo del ojo derecho y siente cómo la sangre sale a raudales por la mejilla. La fuerza del impacto, aunada a que lo había tomado totalmente desprevenido, hicieron que cayera con un sonido seco sobre el suelo.

-¡Por qué hiciste eso!- chilla uno voz enfurecida, la cual reconoce al instante como su voz. Es ella.
Sonríe. Tanto físicamente como para sus adentros, porque cuando menos, ahora ella sabe la clase de persona que es Ron. Sin saberlo, ese gorila le acaba de proporcionar una inmensa ventaja. Aunque a decir verdad, es una ventaja increíblemente dolorosa.

lunes, 9 de abril de 2012

Diario de un psicopata.

El hombre observó con siniestra fascinación cómo la sangre corría por la garganta de la chica, cómo abandonaba su cuerpo de una forma lenta, deliciosamente lenta. El corte, limpio, estaba diseñado para hacer desangrar a cualquier persona sana de la manera más lenta posible. Los ojos de la mujer se movían frenéticamente, desorbitados, mientras la vida abandonaba su cuerpo a cada respiración.

Pensó en sí mismo, en los sucesos que lo habían llevado hasta aquel punto. Se preguntaba si las circunstancias de su niñez, los eventos traumáticos que había presenciado, lo habían vuelto así o si simplemente habían desencadenado algo que siempre estuvo allí, hambriento, agazapado en la parte mas oscura y fría de su alma, si es que tenía una.

La chica tenía la cabeza y las extremidades, así como el torso, sujetos a la mesa mediante grandes cantidades de cinta que la mantenían inmóvil, siendo los ojos lo único que ella podía mover con libertad.

El hombre se preguntó si acaso en sus últimos momentos de agonía, ella sentiría remordimiento por todos los hombres a quienes había matado después de casarse con ellos, con el único fin de adueñarse de su dinero. Lo dudaba, ese tipo de personas -los de su misma clase, de hecho-, eran incapaces de sentir remordimientos o algún sentimiento que guardara alguna relación con la culpa. Algunos -como él mismo-, eran incapaces incluso de sentir cualquier cosa. Sólo la sangre, la sangre escurriéndose por la piel, abrazándola con sus tibios y oscuros dedos, expandiéndose y abandonando lentamente el interior del cuerpo, era lo único capaz de hacerle percibir algo parecido a un sentimiento de verdad.

Excitación.

La chica se limitó a mirarlo fijamente en sus últimos momentos de vida. Él vio un vacío en ella que le hizo pensar en el que él mismo cargaba a diario. En el rostro de ella no vio reflejada culpa, miedo o tranquilidad, sólo la nada, esa única cosa que parecía llenar cada esquina de las paredes del interior de la gente como ellos.